HISTOIRE DES JUIFS DU MAROC PAR SOLY ANIDJAR

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 LA EXPULSION DE LOS JUDIOS DE SEFARAD

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Soly Anidjar
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MessageSujet: LA EXPULSION DE LOS JUDIOS DE SEFARAD   Mar 3 Juil 2012 - 17:03

Documentos sobre la expulsión


La expulsión de los judíos. (Documento nº. 1)

El día 31 de marzo de 1492 los Reyes Católicos firmaban en Granada el edicto de expulsión de los judíos de la Corona de Castilla, mientras otro documento con ligeras variaciones era firmado sólo por Fernando para los judíos de la Corona de Aragón; ambos textos partían de un borrador elaborado pocos días antes por el inquisidor general. fray Tomás de Torquemada. Las argumentaciones oficiales de tan rigurosa medida eran fundamentalmente religiosas.

La expulsión de los judíos. (Documento nº. 2)

La actividad que desarrolló la Inquisición sevillana contra los judaizantes llegó, a partir de 1480, a los más reprobables extremos. Solamente en 1481 fueron quemadas vivas unas 2.000 personas; otras tantas fueron quemadas en estatua, por haber muerto o huido, y 17.000 sufrieron penas más o menos graves. Los muertos fueron desenterrados y sus huesos incinerados. Los bienes de todos los que, vivos o muertos, habían sido declarados reos de muerte eran confiscados y sus hijos inhabilitados para oficios o beneficios. En Andalucía quedaron vacías más de 4.000 casas.

El Decreto de Expulsión de 1492 (Documento nº. 3)

No sabemos todavía muy bien por qué, los historiadores continuarán durante mucho tiempo debatiéndolo, pero ocurrió que el 31 de marzo de 1492 los Reyes Católicos emitieron el famoso Edicto de Expulsión que ponía fin a la presencia centenaria de judíos en territorios de la Corona de Castilla y de la Corona de Aragón. Sabemos que el texto del famoso documento llevaba varios días redactado y reposaba, incómoda y molestamente, en la mesa de despacho de los reyes. Allí había sido depositado una vez que el inquisidor fray Tomás de Torquemada lo hubiera redactado, arguyendo las mismas razones que explicaban, una decena de años anteriormente, el establecimiento del Santo Oficio de la Inquisición.




La expulsión de los judíos. (Documento no. 1)


El día 31 de marzo de 1492 los Reyes Católicos firmaban en Granada el edicto de expulsión de los judíos de la Corona de Castilla, mientras otro documento con ligeras variaciones era firmado sólo por Fernando para los judíos de la Corona de Aragón; ambos textos partían de un borrador elaborado pocos días antes por el inquisidor general. fray Tomás de Torquemada. Las argumentaciones oficiales de tan rigurosa medida eran fundamentalmente religiosas: "combatir la herética pravedad que los judíos extendían por toda la Corona, pues según es notorio y según somos informados de los inquisidores y de otras muchas personas religiosas, eclesiásticas y seglares, consta y parece el gran daño que a los cristianos se ha seguido y sigue de la participación, conversación, comunicación que han tenido y tienen con los judíos, los cuales se prueba que procuran siempre, por cuantas vías y maneras pueden, de subvertir y sustraer de nuestra santa fe católica a los fieles cristianos y los partar della y atraer y pervertir a su danada creencia y opinión". El edicto recordaba las medidas de expulsión y segregación tomadas anteriormente,"pero, como ello no basta para entero remedio para obviar y remediar como cese tan gran oprobio y ofensa de la fe y religión cristiana, porque cada día se halla y parece que los dichos judíos crecen en continuar su malo y danado propósito", era necesario, en defensa de la colectividad del reino, suprimir de raíz la comunidad judía, utilizando para la expulsión global el recurso argumental de "porque cuando algún grave y detestable crimen es cometido por algunos de algún colegio y universidad (colectividad), es razón que tal colegio y universidad sean disolvidos y aniquilados y los menores por los mayores, y los unos por los otros punidos y que aquellos que pervierten el buen y honesto vivir de las ciudades y villas y por contagio pueden danar a los otros sean expelidos de los pueblos, y aun por otras más leves causas que sean en dano de la república, cuanto más por el mayor de los crímenes y más peligroso y contagioso, como lo es éste". Seguidamente el edicto fijaba las condiciones de la expulsión. Se ordenaba salir con carácter definitivo y sin excepción a todos los judíos, los cuales no solamente eran expulsados de los reinos peninsulares, sino de todos los dominios de los reyes. El plazo para su marcha era de cuatro meses, es decir, hasta el 31 de julio, aunque un edicto posterior del inquisidor Torquemada lo prolongó en diez días para compensar el tiempo pasado en la promulgación y conocimiento del decreto. Se imponía la salida en ese plazo bajo pena de muerte y confiscación de bienes, dando los reyes su seguro real para que en esos cuatro meses negociasen los judíos toda su fortuna y se la llevasen en forma de letras de cambio, pues debían respetarse las leyes que prohibían la saca de oro, plata, monedas, armas y caballos. Aunque el edicto no hacía ninguna alusión a la posibilidad de conversión al cristianismo, ésta era una alternativa que se sobreentendía, y fueron especialmente muchos individuos de la elite hebrea los que abrazaron la religión cristiana para evitar la expulsión. Entre ellos figuró Abraham Senior, rabí mayor de Castilla, que recibió el bautismo el 15 de junio de 1492 con el padrinazgo de los mismos reyes, pasando desde entonces a llamarse Fernán Núñez Coronel y desempeñando después de su conversión los cargos de regidor de Segovia, miembro del Consejo Real y contador mayor del príncipe Juan. Las conversiones se dieron en un grado muy distinto según las zonas y las localidades, aunque probablemente fue mucho mayor el número de judíos que eligieron el camino del exilio que el de los que abjuraron de la ley mosaica para permanecer en la Sefarad de sus antepasados.

Las causas de la expulsión de los judíos han dado lugar a un intenso debate historiográfico en el que se han manejado Interpretaciones muy diversas, Se han aducido explicaciones basadas en la presión de la opinión popular antijudía, el odio del pueblo (Américo Castro), o en la animadversión hacia los judíos a causa de la práctica de la usura y de su acumulación de riquezas (Claudio Sánchez Albornoz). También se han esgrimido causas funda mentadas en alineamientos sociales: un episodio de la lucha de clases entre los tradicionales grupos privilegiados nobleza y clero y la burguesía incipiente de los judíos (Henry Kamen) o la expulsión como resultado de la alianza de las oligarquías urbanas antijudías con la Monarquía (Stephen Haliczer). Sin embargo, en aquella época, ni la opinión de las masas populares tenía gran incidencia en las decisiones de la alta política, ni la ecuación judíos = burguesía tiene fundamento, como tampoco la tiene el antagonismo nobleza <> judíos, pues muchos hebreos eran administradores de los estados de la aristocracia; asimismo las oligarquías ciudadanas tampoco tenían la impronta suficiente para imponer una decisión de tanta trascendencia sobre una monarquía autoritaria que, por otro lado, controlaba a los municipios a través de los corregidores. A pesar de la dificultad de establecer con precisión la razón última que llevó a los Reyes Católicos a la expulsión tal como reconoció recientemente un congreso de especialistas celebrado en Jerusalén en 1992 hay algunos puntos que parecen bastante asentados en el debate historiográfico actual. Uno seria el hecho de que la iniciativa de la expulsión partió de los inquisidores que pretendían, con tan radical medida, acabar con la "herética pravedad que conllevaba el contacto entre judíos y cristianos". En segundo lugar, en general, se reconoce un fondo político a esta decisión: constituir un paso más de la monarquía autoritaria de los Reyes Católicos en su afán por lograr una mayor cohesión social repetidamente resquebrajada, no lo olvidemos, por los tumultos antijudíos de la década de los años ochenta a partir de la unidad de la fe. En este sentido, Joseph Pérez ha afirmado que Isabel y Fernando esperan que la eliminación del judaísmo facilite la asimilación definitiva y la integración de los conversos en la sociedad española, mientras Luis Suárez ha sostenido que los reyes aspiraban a un máximo religioso concretado en la unidad de la fe católica que habría que interpretar como un elemento de la maduración del poder de la monarquía en la construcción del estado moderno español. Las cifras de la expulsión han constituido otro tema polémico. Las limitaciones de las fuentes, las conversiones y los retornos dificultan los intentos de precisar el volumen de judíos expulsados. Las cifras globales manejadas tienen un carácter tan dispar que José Hinojosa Montalvo no ha dudado en calificarlas como cifras de la discordia. Reproducimos a continuación algunos cálculos de reconocidos especialistas:



Historiador Cantidad de expulsados
Yitzhar Baer 150.000 a 170.000
Haim Beinart 200.000
Bernard Vicent 100.000 a 150.000
Joseph Pérez 50.000 a 150.000
A. Domínguez Ortiz 100.000
Luis Suárez 100.000
Julio Valdeón 100.000
Ladero Quesada +/ 90.000
Jaime Contreras 70.000 a 90 000





Como puede observarse, las estimaciones defendidas por los historiadores hebreos son sensiblemente superiores a las cifras de expulsados salidas de las investigaciones de los estudiosos españoles, los cuales, en general, olvidándose de las apreciaciones de los cronistas coetáneos, han extrapolado los resultados de los análisis de padrones fiscales, relaciones fragmentarias de expulsados, contratos de embarque, etc., que ofrecen datos parciales pero documentados. La pérdida demográfica que significó la expulsión no fue excesivamente relevante aproximadamente un 2 por 100 del potencial poblacional conjunto de las coronas de Castilla y Aragón, si aceptamos la cifra de 100.000 judíos expulsados, pero cabe subrayar la desigual incidencia que tuvo en los distintos territorios. En la Corona de Aragón la población hebrea era mucho menor que en la Corona de Castilla y la expulsión sólo supuso una pérdida de 10.000 ó 12.000 habitantes.

En la Corona de Castilla, donde la población judía era más numerosa. las aljamas eran escasas en la zona norte y en Galicia, concentrándose la mayoría de ellas en las dos Castillas, Andalucía y Murcia. El camino del exilio condujo a los judíos castellanos y aragoneses mayoritariamente a Portugal y Navarra, reinos de donde después también serían expulsados, y en menor medida a Flandes, el norte de África, Italia y los territorios mediterráneos del imperio otomano, donde el sultán Bayaceto II dio instrucciones de acogerlos favorablemente. Pero para muchos de ellos el camino del destierro estuvo lleno de penalidades. como las que relata Salomón ben Verga en su crónica Sebet Yehuda: "Pero he ahí que por todas partes encontraron aflicciones, extensas y sombrías tinieblas, graves tribulaciones. rapacidad, quebranto, hambre y peste. Parte de ellos se metieron en el mar, buscando en las olas un sendero , también allí se mostró contraria a ellos la mano del Señor para confundirlos y exterminarlos pues muchos de los desterrados fueron vendidos por siervos y criados en todas las regiones de los pueblos y no pocos se sumergieron en el mar, hundiéndose al fin, como plomo". Las consecuencias económicas de la expulsión han sido muchas veces exageradas al interpretar que la marcha de los judíos eliminó de la vida social y económica hispana los únicos grupos que podían haber recogido el impulso del primer capitalismo. Las consideraciones ya apuntadas anteriormente sobre la situación económico-profesional de la comunidad hebrea a finales del siglo XV invalidan esta interpretación: sólo en las localidades donde los judíos eran numéricamente importan tes, los trastornos en el mundo artesanal y de los negocios fueron relevantes. Pero, además de las económicas, no hay que olvidar las repercusiones religiosas de la expulsión: el aumento del número de con versos y falsos conversos y la consolidación de la división social entre cristianos viejos y cristianos nuevos. Asimismo, la expulsión supuso la pérdida de destacadas personalidades del mundo cultural y científico, como Abraham Zacuto, ilustre astrónomo y cosmógrafo, Salomón ben Verga, escritor sevillano autor del emocionado relato antes citado sobre las vicisitudes de la expulsión o Judá Abrabanel, hijo del consejero de los Reyes Católicos Isaac Abravanel y autor de unos Dialoghi di Amore.


La expulsión de los judíos. (Documento no. 2)


La actividad que desarrolló la Inquisición sevillana contra los judaizantes llegó, a partir de 1480, a los más reprobables extremos. Solamente en 1481 fueron quemadas vivas unas 2.000 personas; otras tantas fueron quemadas en estatua, por haber muerto o huido, y 17.000 sufrieron penas más o menos graves. Los muertos fueron desenterrados y sus huesos incinerados. Los bienes de todos los que, vivos o muertos, habían sido declarados reos de muerte eran confiscados y sus hijos inhabilitados para oficios o beneficios. En Andalucía quedaron vacías más de 4.000 casas.

Se hizo ver a la reina que la desaparición o emigración de gentes tan activas haría decaer el comercio. Pero no por ello cedió Isabel. También sobre Roma llovieron las quejas, obligando a intervenir al papa Sixto IV, que lo hizo a principios de 1482 mediante una bula en la que recogía las principales quejas llegadas a sus oídos en contra de la Inquisición:

Según me cuentan han encarcelado a muchos injusta e indeliberadamente, sin atenerse a ordenación jurídica alguna; los han sometido a espantosas torturas, los han declarado injustamente herejes y han arrebatado sus bienes a los condenados al último suplicio.

La Inquisición atravesó, como consecuencia, una aguda crisis. A instancias del Papa, se imponía una reorganización que, de momento, dio un parón de cerca de un año a la persecución inquisitorial contra los conversos.

Pero de las últimas experiencias se había llegado a una conclusión clarísima: los conversos solían volver a sus antiguas prácticas, incitados, al parecer, por sus antiguos correligionarios. Había, pues, que expulsar del país a los judíos. En 1482 comienzan, además, las hostilidades contra el reino de Granada; en consecuencia, había nuevos motivos para sospechar de los judíos: del mismo modo que en tiempos pasados abrieron las puertas de las ciudades a los invasores árabes, también ahora podían espiar para los moros granadinos, colaborar con ellos a manera de quinta columna enemiga en medio de los cristianos. Además, como solía ocurrir siempre que ardía la guerra, los judíos aprovecharían las circunstancias para enriquecerse a costa de los cristianos. Todos estos problemas se sentían con más agudeza en Andalucía, por motivos bien evidentes. Así, pues, el 1 de enero de 1483 la Inquisición hizo pregonar en Sevilla un decreto que expulsaba a los judíos de las diócesis de Sevilla, Córdoba y Cádiz. Aquella primera expulsión vino a ser un ensayo general de lo que más tarde ocurrió. Los judíos ya no tenían motivos para esperar otra cosa. Constantemente vivían bajo la terrorífica amenaza:

A causa de nuestros pecados -escribían los judíos de Castilla, en 1487, a las comunidades de Roma y Lombardía-, sólo pocos quedamos de los muchos, y sufrimos muchas persecuciones y padecimientos, tanto que seremos aniquilados si Dios no nos guarda.

En Aragón se llevó a cabo otra expulsión parcial en 1486, que afectó a los judíos zaragozanos y a los de la diócesis de Albarracín (Teruel). El motivo inmediato lo ofreció el asesinato del Inquisidor Pedro de Arbúes, instigado por los judaizantes, que levantó a los cristianos al grito de Al fuego los conversos, que han muerto al inquisidor. Los judíos comenzaban a responder a la violencia con la violencia. A los crímenes ciertos, si los hubo, se unieron los que creó la imaginación popular. En un clima tan enrarecido, un último caso colmó el vaso ya rebosante.

El 17 de diciembre de 1490 dio comienzo el proceso contra dos judíos (Yucé Franco de Tembleque y Moshe Abenamías de Zamora) y seis conversos (Alonso, Lope, García, Juan Franco, Juan Ocaña y Benito García), vecinos de La Guardia, pueblo de Toledo por el que hoy atraviesa la autovía A-4 Madrid-Cádiz. Según parece, enfurecidos y aterrorizados a la vista de un auto de fe que habían presenciado en Toledo, realizaron un conjuro, fruto de la superstición y de las ideas mágicas tan extendidas en la época; mediante él querían conseguir que todos los cristianos rabiasen y se acabara su ley. Para ello, se apoderaron presuntamente del niño Juan Pasamontes, y el viernes santo repitieron en él la pasión de Cristo, crucificándole y sacándole, finalmente, el corazón. Otro de los ingredientes del conjuro, junto con el corazón, era una hostia consagrada que previamente habían comprado.

Desde luego que los acusados se confesaron culpables, y sometidos después al tormento se ratificaron en su confesión. Como tales, se les ejecutó en noviembre de 1491. Pero lo que menos importa en este caso es pararse a comprobar la veracidad de las acusaciones que sobre ellos pesaron. Lo que realmente importa es constatar la sensación que este hecho, verdadero o no, produjo en el pueblo cristiano, el clima de pasión que rodeó al suceso, el odio insuperable que despertó y la insufrible tensión nacida de la convivencia (Azcona).

Y así se llega al decreto de expulsión del 31 de marzo de 1942, con el que comenzábamos este capítulo.

Durante el plazo concedido para salir del país, los judíos y sus bienes quedaban amparados por el seguro real, de modo que nadie podía dañarlos ni despojarlos violentamente. Sin embargo, no era necesario recurrir a la violencia para obtener los mismos resultados.

Se les ofrecía la alternativa del destierro o la conversión. Algunos fueron los que optaron por el bautismo pero la mayoría no abandonó su fe. En estas circunstancias, el pueblo israelita dio un alto ejemplo de fidelidad a sus convicciones religiosas y de solidaridad con sus hermanos. Después de un siglo de constante persecución, la sociedad judía se había reducido, sí, pero al mismo tiempo se había depurado, librándose de indecisos e indiferentes. Además, el miedo a caer bajo la jurisdicción inquisitorial una vez convertidos era un motivo de disuasión más que suficiente.

A pesar de ello, la sociedad cristiana intentó un supremo esfuerzo de captación. Se llevó a cabo una campaña de predicación intensiva para convertirlos sin resultados apreciables. Se les prometió condonarles las deudas si las tenían, en caso de convertirse, como de hecho se hizo posteriormente, por ejemplo, con los conversos del condado de Luna. Los bautismos de judíos importantes se rodearon del mayor esplendor y pompa posibles, con miras claramente propagandísticas. De los cuatro personajes más destacados de la comunidad judía, tres de ellos se convirtieron: el rabí Abraham; también el rabino mayor de las aljamas, Abraham Seneor, y su yerno el rabino Mayr. El 15 de junio de 1942 recibieron solemnemente el bautismo en Guadalupe. El nuncio y el gran cardenal de España apadrinaron al primero.

Los reyes a los otros dos, que recibieron, respectivamente, los nombres de Fernando Pérez Coronel y Fernando Núñez Coronel. Todos ellos pasaron, inmediatamente, a ocupar puestos de relieve en el reino.

El cuarto judío notable, Isaac ben Yudah Abravanel, permaneció fiel a su religión. Él fue quien se puso, como un nuevo Moisés, al frente de su pueblo, para conducirlo por el éxodo que pronto iban a emprender. E incluso dio la cara en la corte, tratando de parar el golpe que sobre su pueblo se cernía:

Hablé por tres veces al monarca, como pude, y le imploré diciendo: -Favor, oh rey. )Por qué obras de este modo con tus súbditos? Impónnos fuertes gravámenes; regalos de oro y plata y cuanto posee un hombre de la casa de Israel lo dará por su tierra natal. Imploré a mis amigos, que gozaban de favor real para que intercediesen por mi pueblo, y los principales celebraron consulta para hablar al soberano con todas sus fuerzas que retirara las órdenes de cólera y furor y abandonara su proyecto de exterminio de los judíos. También la Reina, que estaba a su derecha para corromperlo, le inclinó poderosa persuasión a ejecutar su obra empezada y acabarla. Trabajamos con ahínco, pero no tuvimos éxito. No tuve tranquilidad, ni descanso. Mas la desgracia llegó.

Los judíos, antes de marchar, debían vender sus bienes inmuebles y los muebles que no podían transportar.

Aparte de la baja que experimentaron los precios como consecuencia del repentino exceso de oferta, la avidez de los compradores agravó muchísimo más la situación. En algunos sitios se prohibió a los cristianos que compraran los bienes de los judíos y en otros se establecieron guardias para que no pudieran salir de las aljamas hasta el día de la marcha. Sus haciendas, pues, se malbarataron, casi se abandonaron a cambio de cuatro cuartos.

Bien es verdad que el decreto real les permitía dar poderes a otras personas para que liquidaran sus propiedades con menos prisa, pero, como al mismo tiempo necesitaban dinero para el viaje, muchos optaron por vender entonces.

Podían sacar los judíos cuanto pudieran llevar consigo, menos aquellos artículos que prohibían sacar del país las leyes aduaneras. Así pues, debían dejar aquí sus caballos (con lo que el viaje se hacía más difícil) y también el oro, la plata y la moneda acuñada. Los contraventores podían ser castigados con la confiscación de bienes o la muerte, según el volumen del contrabando. En este caso se urgió a las autoridades aduaneras para que aplicasen las penas establecidas con el mayor rigor.

Sólo había un medio para conservar los bienes: entregar a los banqueros los dineros y metales preciosos, recibiendo de ellos los justificantes pertinentes, es decir, letras de cambio, que podrían hacer efectivas una vez que se encontrasen fuera de España. Los banqueros italianos, en especial los genoveses, se prestaron a llevar a cabo estas operaciones, gravándolas, como era de prever con fortísimos intereses.

También ocurrió que los cristianos que debían dinero a los judíos se negaron a saldar sus deudas, no sólo los capitales que habían recibido en préstamo a título particular sino también los impuestos que los cobradores judíos habían adelantado al fisco y debían cobrar después a cada contribuyente con los correspondientes intereses.

Cumplido el plazo fijado, los judíos salieron de sus casas. Todos los testigos de la amarga despedida mencionan las tristes escenas que tuvieron lugar cuando abandonaban los lugares donde habían estado afincados desde muchas generaciones atrás. En seguida emprendieron la marcha hacia los puntos en que debían concentrarse antes de salir al extranjero.

Según los cálculos más objetivos, de los 200.000 individuos que formaban la comunidad judía de Aragón y Castilla, más de 150.000 eligieron el destierro:

Salieron -cuenta el cronista Bernáldez- de las tierras de sus nacimientos, chicos y grandes, viejos y niños, a pie y caballeros en asnos y otras bestias, y en carretas, y continuaron sus viajes, cada uno a los puertos que habían de ir, e iban por los caminos y campos por donde iban con muchos trabajos y fortunas, unos cayendo, otros levantando, otros muriendo, otros naciendo, otros enfermando, que no había cristiano que no hubiese dolor de ellos, y siempre por do iban los convidaban al baptismo y algunos, con la cuita, se convertían y quedaban, pero muy pocos, y los rabies los iban esforzando y hacían cantar a las mujeres y mancebos y tañer panderos y adufos para alegrar la gente, y así salieron de Castilla.

La mayor parte de los judíos de Castilla intentaron pasar a Portugal. Por donde iban no faltaban gentes que trataban de aprovecharse de su infortunio, sin excluir a las autoridades. Hubo salteadores que cayeron sobre ellos para robarles. En las tierras de la Orden de San Juan les cobraron derechos abusivos.

En Portugal no fue mejor el trato que recibieron. Se fijaron cuatro puntos de entrada a lo largo de la frontera. Cada persona debía pagar ocho cruzados para obtener un permiso de residencia de ocho meses, transcurridos los cuales deberían pasar a África en naves portuguesas, pagando el pasaje que se les fijara. Los niños de pecho y los obreros manuales que quisieran establecerse en el país sólo debían pagar cuatro cruzados. Pero estos últimos fueron obligados, además, a recibir el bautismo. Los que no tuvieron dinero para pagar aquel arancel o el pasaje, así como los que penetraron en el país clandestinamente, fueron vendidos como esclavos o enviados a las islas de Los Lagartos. Si malo fue el trato que les dieron en España peor aún fue el que recibieron en Portugal, que hizo clamar al obispo de Silves, Jerónimo Osorio, contra aquella fuerza inicua contra ley y contra religión.

Desde Portugal, muchos salieron hacia las costas de África, donde se unieron a los que habían llegado directamente de España. Los que quedaron en Portugal fueron expulsados, finalmente, en 1496. He aquí el motivo: El rey Juan II murió en 1495. Lo sucedió su primo Manuel, que se empeñó en casar con Isabel. hija de los Reyes Católicos. Isabel, viuda de Alfonso, príncipe heredero de Portugal, estaba convencida de que la muerte de su primer esposo había sido castigo de Dios por haber amparado a los judíos y conversos perseguidos. Por eso, exigió, como condición para su nuevo matrimonio, que salieran del reino todos los refugiados. Y así se hizo.

Parte de los expulsados de España intentaron pasar directamente a África. Hubo armadores que, después de recibir el importe de los pasajes, no cumplieron sus contratos; un numeroso grupo salió de Cádiz hacia Orán en una flota de 25 naves dirigidas por Pedro Fernández Cabrón. Parte de ellos fueron arrojados por el mar en las costas de Málaga y Cartagena donde muchos de ellos se convirtieron.

Los demás fueron a parar al puerto de Arcila (Marruecos), después que los soldados que les custodiaban les robaran lo que llevaban encima y violaran a sus mujeres e hijas. Allí se les unieron los fugitivos de Portugal y luego se dispersaron hacia distintos puntos de Marruecos, buscando correligionarios que les ayudaran.

Por los caminos los moros repitieron con ellos los anteriores vejámenes; muchos fueron abiertos en canal, porque al no hallarles oro ni en los equipajes ni entre las vestiduras, cabía la posibilidad de que se lo hubieran tragado. Aterrorizados, muchos volvieron a Arcila con la esperanza de poder regresar a España.

Hubo otros muchos grupos, en especial aragoneses, que embarcaron en los puertos del Mediterráneo y se establecieron en Génova, Nápoles, Turquía, los Balcanes y otras tierras del Próximo y Medio Oriente. Parte llegaron también a Francia Inglaterra, los Países Bajos y Alemania.

Abatidos por tantos sufrimientos, muchos de ellos prefirieron volver a la Península. En noviembre de 1492 los reyes les permitieron entrar en el país con la condición de que se bautizaran al llegar o trajeran certificado de haber sido bautizados antes de pasar la frontera. En este caso se les permitía recuperar los bienes vendidos por el mismo precio que habían recibido de los compradores. El cura de Los Palacios (Sevilla) bautizó a muchos de los que volvían desnudos, descalzos y llenos de piojos, muertos de hambre y muy mal aventurados, que era dolor de los ver.

Después de la expulsión, los reyes ordenaron llevar a cabo una estricta investigación. Se descubrió que algunos judíos habían logrado sacar oro y plata, sobornando a las autoridades. Los reyes, al saberlo, anularon las letras de cambio; así pues, los banqueros entregaron a la Corona los bienes que habían recibido de los judíos, reservándose el 20 por 100 de cuanto tenían en depósito.

La injusticia se evidencia en el hecho de que pagaron justos por pecadores; sin embargo, los reyes tranquilizaron sus conciencias pensando que no habían tratado con individuos particulares, sino con la comunidad judía como tal. Los complicados en el contrabando fueron castigados. Pero, al mismo tiempo, pasaron a poder de la Corona bienes cuantiosos. Las propiedades de las aljamas, que eran bienes comunes a los miembros de ellas, habían sido declaradas inalienables. La Corona se las apropió.

También se apoderaron de los decomisos de artículos prohibidos hechos por las autoridades aduaneras. Los judíos que habían enviado capitales al extranjero y luego se quedaron en España fueron obligados a pagar una cantidad semejante a la evadida. Las deudas no pagadas a los judíos también fueron cobradas por las autoridades.

En 1496 volvieron los inspectores reales a rastrillar el país, pidiendo cuentas a los que se habían hecho cargo de los bienes de los judíos. Todavía fue posible reunir más de 2.000.000 de maravedís, más de lo que había costado financiar el descubrimiento de América.

Los grandes señores laicos y eclesiásticos no dejaron pasar de largo aquella extraordinaria ocasión. Unos y otros escribieron a los reyes, quejándose del perjuicio que se les había causado privándolos de unos vecinos tan industriosos, que tanto aportaban a la prosperidad de sus señoríos. Innumerables son las cédulas en que los reyes distribuyeron parte de los bienes confiscados entre los nobles y las iglesias, acatando la pérdida de vasallos y de renta que perdió.

En 1499 la cuestión judía había quedado resuelta. El punto final lo puso un decreto por el que se determinó que cualquier judío que, en adelante, fuese capturado en los reinos peninsulares sería condenado a muerte.

Aquella generación de judíos quedó marcada para siempre con el trauma de la expulsión. Todavía sus descendientes, dondequiera que se encuentren, conservan la lengua de sus padres, un antiguo y pintoresco castellano, sus tradiciones, costumbres, leyendas, canciones y romances. Muchas familias guardan hasta el día de hoy, como oro en paño, las llaves de las casas que sus antepasados dejaron en España, como símbolo de un amor a su segunda patria española, que no pudo borrar siquiera el odio de que fueron víctimas. Estos sefardíes o sefarditas (así llamados por el nombre de "Sefarad+, que daban a España) conservaron también el orgullo de su origen hispánico y de su cultura peculiar, hasta el punto de que el imperio turco reconoció siempre su nacionalidad española. Incluso llegaron a crearse roces y antagonismos entre estos sefarditas y otras comunidades judías de distinta procedencia.

Los que se convirtieron, entre 1391 y 1499, se fundieron paulatinamente con la población española, llegando a ocupar, como se ha dicho, altos puestos políticos y eclesiásticos. La expulsión no hizo desaparecer de España el grupo étnico judío. El antisemitismo hispánico nunca se presentó como segregacionismo racial, aunque sí lo hizo en el aspecto social y en el religioso. Por eso, una vez que se rompieron estas barreras y que los judíos aceptaron, de grado o por la fuerza, integrarse plenamente en la comunidad política y religiosa, no se tuvieron en cuenta sus peculiaridades raciales. Sus familias entroncaron con las de más rancio abolengo e incluso con la alta nobleza; sus apellidos típicos, conservados hoy día, nada dicen sobre su origen a quienes los escuchan y es posible que ni siquiera quienes los llevan hayan sospechado nunca que descienden de linajes judíos.


La expulsión de los judíos. (Documento no. 3)


El Decreto de Expulsión de 1492

Por Jaime Contreras Catedrático de Historia Moderna.
Universidad de Alcalá de Henares


No sabemos todavía muy bien por qué, los historiadores continuarán durante mucho tiempo debatiéndolo, pero ocurrió que el 31 de marzo de 1492 los Reyes Católicos emitieron el famoso Edicto de Expulsión que ponía fin a la presencia centenaria de judíos en territorios de la Corona de Castilla y de la Corona de Aragón. Sabemos que el texto del famoso documento llevaba varios días redactado y reposaba, incómoda y molestamente, en la mesa de despacho de los reyes. Allí había sido depositado una vez que el inquisidor fray Tomás de Torquemada lo hubiera redactado, arguyendo las mismas razones que explicaban, una decena de años anteriormente, el establecimiento del Santo Oficio de la Inquisición.

El documento que declaraba la obligación de los judíos de abandonar los reinos hispánicos afirmaba que en, el plazo de tres meses, todos los habitantes judíos de las aljamas que no hubieran salido serían castigados con penas rigurosísimas porque, desde entonces, la práctica de su religión sería considerada como un crimen gravísimo y detestable. Se añadía también que, durante el plazo establecido, los judíos no sólo deberían atender a poner a buen recaudo sus bienes, transformándolos en mercancías exportables o en letras de cambio. También deberían considerar la conveniencia de aceptar la posible alternativa que al exilio ofrecían los reyes: la conversión al cristianismo y la integración, como súbditos cristianos, en la sociedad mayoritaria. Se añadía también que si, una vez abandonados los territorios del Reino de Castilla y los reinos de la Corona de Aragón, algún judío deseaba volver a sus lugares de origen, pasado un tiempo prudencial podría libremente hacerlo; recuperaría sus bienes abandonados y sería recibido benévolamente en la sociedad cristiana, sociedad en la que debería insertarse, obviamente.

El edicto en cuestión obligaba al exilio y permitía la conversión. Judíos hubo que se exiliaron y judíos también que, con más frecuencia de la percibida hasta ahora, optaron en el último momento por acudir a las pilas bautismales, tornarse cristianos e iniciar un proceso, largo y dificultoso, de asimilación en la sociedad de la mayoría. No fue, en cualquier caso, una decisión fácil, porque si el exilio significaba el desarraigo de la tierra, la conversión suponía también profundos desgarros personales, sentidos en lo más íntimo de la mentalidad y la conciencia.

El drama afectaba por partida doble a aquella comunidad. Uno de los problemas historiográficos más controvertidos es el del número de los judíos que se alejaron de los reinos hispánicos; otro problema, también singular, busca encontrar las razones verdaderas que puedan explicar el móvil de aquella decisión: la de expulsarlos.

Hoy parece abrirse camino la idea de que la tantas veces invocada tolerancia medieval, aquella España de las tres comunidades conviviendo entre sí armónicamente, más parece responder a deseos de nuestro propio presente que a la realidad que sostenía las relaciones entre las tres grandes culturas peninsulares: cristiana, árabe y judía.

Repasando la historia de los siglos XIV y XV en los reinos hispánicos, el espectáculo de luchas y conflictos políticos, cambios dinásticos, movimientos culturales y religiosos, divisiones y partidismos internos, parece cubrir totalmente aquellos tiempos. Época difícil y problemática que contribuyó sin duda a que, en medio del conflicto generalizado, las relaciones entre la mayoría cristiana y, en este caso, la minoría judía se agriaran hasta romperse el frágil equilibrio entre cristianos y judíos, configurando, para estos últimos, una situación precisa de marginación, No pueden olvidarse tampoco los efectos negativos que para las propias comunidades judías de Castilla y Aragón tuvieron las profundas disensiones que se abrieron entre sectores diversos de las aljamas. Se ha hablado con frecuencia de un progresivo materialismo averroísta cercenando los viejos principios de la tradición talmúdica, y también se conocen los constantes conflictos entre diversas escuelas cabalísticas que, sin duda ninguna, transmiten la imagen de una comunidad judía escindida entre sectores establecidos y otros marginados y excluidos.

No faltaron persecuciones durísimas, como las de 1391, y actitudes de proselitismo descarado de párrocos, obispos y justicias cristianos. Todo ello de una manera continuada a lo largo de más de un siglo. El resultado, inequívocamente, fue que, en vísperas de la expulsión de 1492, cuando los reinos hispánicos despertaban a los tiempos modernos, del tronco originario judío surgieron tres grandes problemas que en aquellos momentos condicionaron tanto la decisión de establecer el Tribunal de la Fe como la de decretar el Edicto de Expulsión.

Estos tres problemas fueron: el de la minoría judía, cada vez más deteriorada y disminuida; el problema herético que afectaba a los judaizantes, esos cristianos convertidos que seguían judaizando, y el tercer problema, el de los conversos, un tipo cultural de singulares características que, en su mayor parte, intentó asimilarse social mente en el cuadro de valores de la mayoría de cristianos y cuyas implicaciones con la herejía apenas existieron sino en una pequeña franja de individuos de muy reciente conversión.

A la altura de 1492, la gran cuestión es: cuántos judíos, cuántos conversos, )cuántos judaizantes? Existen algunos indicios que permiten reconstruir parcialmente la situación de aquellos momentos.

Nadie puede dudar hoy que el siglo XV fue una centuria negra para las comunidades judías de los reinos hispánicos. Las persecuciones y la política antihebrea de la sociedad cristiana modificaron el mapa de la geografía judía peninsular. Abandonaron las grandes ciudades, donde fueron brutalmente reprimidos, y se refugiaron en pequeñas aglomeraciones rurales, perdiendo en tan drástico cambio gran parte de sus efectivos, que, pasando por el bautismo, optaron por instalarse en la sociedad cristiana. Las grandes aljamas medievales desaparecieron: la de Toledo, la de Burgos, la de Sevilla. En la Corona de Aragón, el vacío no fue menos espectacular: en vísperas de la expulsión, apenas existían judíos en Barcelona, en Valencia o en Mallorca, y tal vez fuera Zaragoza la única excepción. Por contra, aparecieron diseminadas en gran número juderías por zonas rurales, cuyos efectivos apenas llegaron, en el mejor de los casos, a superar comunidades de más de cien familias.

Cambio drástico que produjo efectos singulares. El primero de ellos fue la pérdida de influencia política y social como minoría, en relación con la mayoría de cristianos y por referencia a la vinculación institucional que les ligaba a la monarquía. Pueden, sin duda, señalarse excepciones a esa regla, pero no son más que espejismos que no pueden empañar una imagen de decadencia política y de crisis económica y social.

Sin duda, también aquella comunidad sufrió el trauma de ver cómo perdía efectivos constantemente, hasta el punto de ser mucho más numerosos los que habían decidido traspasar la frontera del judaísmo para arribar a la orilla cristiana. He aquí, pues, cómo los conversos se constituyeron en un singular problema, tanto por referencia al grupo languideciente del que salían como por las reticencias de los cristianos (viejos ya) que los recibían.

Se ha hablado de unos 250.000 convertidos del judaísmo, una cantidad sin duda notable que muestra una realidad incontrovertible: dos de cada tres judíos, en aquella centuria del siglo XV, se tornaron cristianos. De ellos, digámoslo también, la herejía judaizante, de ser cierta, tan sólo afectaba a un pequeño y reducidísimo grupo.

En vísperas de la expulsión, la población judía se hallaba extremadamente debilitada. Es verdad que no podemos dar cifras fiables, porque tampoco tenemos recuentos precisos, pero la historiografía más moderna y las técnicas depuradas de la demografía histórica han llegado a perfilar algunas cifras que hablan de 50.000 individuos judíos en la Corona de Castilla y unos 20.000 en la Corona de Aragón. Unos sumandos claramente diferenciados que elevan la cantidad de judíos en los reinos hispánicos en torno a los 70.000, cifra que ya indica por sí misma el proceso decadente del que venimos hablando. Se ha dicho que esa cifra debe retocarse al alza debido a varios factores, pero en cualquier caso la cifra jamás puede ascender a más de 90.000 judíos, que habitaban los reinos de Castilla, Aragón y Navarra, de donde fueron también expulsados en 1498. Sobre este contingente de personas recayeron las exigencias de la expulsión: exilio o conversión.

A aquellas alturas, la minoría judía optó, sin duda y mayoritariamente, por la expulsión, aunque tampoco pueden despreciarse numerosos casos que describen la afluencia de judíos hacia las aguas del bautismo. Conocemos de algunas aljamas que conjuntamente y en bloque decidieron permanecer en sus hogares como cristianos, y también de grupos que, habiendo salido ya de sus pueblos, en el camino hacia el exilio, antes de cruzar la frontera, se hicieron tornadizos, es decir, decidieron la conversión in extremis... allí, el miedo, la ansiedad y la extorsíón jugaron todas sus bazas.

El judaísmo hispano quedó, en su nueva diáspora, dividido y disperso, por cuanto fueron muchos y diferentes los lugares de destino. Sin duda, los más afortunados fueron los que encaminaron sus destinos hacia tierras de Italia, en muchas de cuyas ciudades se instalaron, unos de forma definitiva, otros de paso para comunidades del Imperio otomano. Otros, poco numerosos, eligieron zonas del centro y Norte europeos, Inglaterra y Flandes principalmente. En unas y otras zonas, aquellos exiliados de España debían aunque con cierta tolerancia simular ser cristianos por cuanto el judaísmo estaba también prohibido.

Pero los mayores contingentes de exiliados, principalmente procedentes de tierras de Castilla, optaron por dirigirse hacia Portugal y Navarra, aun cuando la situación de estos reinos evolucionaba hacia opciones tan intransigentes y duras como las que se vivían en Castilla y Aragón. Efectivamente, unos pocos años después, en 1497, el Reino de Portugal obligaba a la conversión forzosa de todos aquellos judíos llegados de España. Finalmente, aquel exilio del judaísmo hispánico tomó camino también, aunque fueron muy pocos sus efectivos, hacia el Norte de África, ubicándose en Marruecos y en otras ciudades, como Orán, donde llegó a constituirse una singular comunidad judía, singular porque durante el largo período en que aquella plaza reconoció la soberanía de la monarquía católica, aquellos judíos los de la aljama de Orán fueron los únicos que siguieron reconociéndose como súbditos de Su Majestad.










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MessageSujet: Re: LA EXPULSION DE LOS JUDIOS DE SEFARAD   Mar 3 Juil 2012 - 17:15

Edicto de expulsión
Los Reyes Fernando e Isabel, por la gracia de Dios, Reyes de Castilla, León, Aragón y otros dominios de la corona- al príncipe Juan, los duques, marqueses, condes, ordenes religiosas y sus Maestres,... señores de los Castillos, caballeros y a todos los judíos hombres y mujeres de cualquier edad y a quienquiera esta carta le concierna, salud y gracia para él. Bien es sabido que en nuestros dominios, existen algunos malos cristianos que han judaizado y han cometido apostasía contra la santa fe Católica, siendo causa la mayoría por las relaciones entre judíos y cristianos. Por lo tanto, en el año de 1480, ordenamos que los judíos fueran separados de las ciudades y provincias de nuestros dominios y que les fueran adjudicados sectores separados, esperando que con esta separación la situación existente sería remediada, y nosotros ordenamos que se estableciera la Inquisición en estos dominios; y en el término de 12 años ha funcionado y la Inquisición ha encontrado muchas personas culpables además, estamos informados por la Inquisición y otros el gran daño que persiste a los cristianos al relacionarse con los judíos, y a su vez estos judíos tratan de todas maneras a subvertir la Santa Fe Católica y están tratando de obstaculizar cristianos creyentes de acercarse a sus creencias. Estos Judíos han instruido a esos cristianos en las ceremonias y creencias de sus leyes, circuncidando a sus hijos y dándoles libros para sus rezos, y declarando a ellos los días de ayuno, y reuniéndoles para enseñarles las historias de sus leyes, informándoles cuando son las festividades de Pascua y como seguirla, dándoles el pan sin levadura y las carnes preparadas ceremonialmente, y dando instrucción de las cosas que deben abstenerse con relación a alimentos y otras cosas requiriendo el seguimiento de las leyes de Moisés, haciéndoles saber a pleno conocimiento que no existe otra ley o verdad fuera de esta. Y así lo hace claro basados en sus confesiones de estos judíos lo mismo a los cuales han pervertido que ha sido resultado en un gran daño y detrimento a la santa fe Católica, y como nosotros conocíamos el verdadero remedio de estos daños y las dificultades yacían en el interferir de toda comunicación entre los mencionados Judíos y los Cristianos y enviándolos fuera de todos nuestros dominios, nosotros nos contentamos en ordenar si ya dichos Judíos de todas las ciudades y villas y lugares de Andalucía donde aparentemente ellos habían efectuado el mayor daño, y creyendo que esto seria suficiente de modo que en esos y otras ciudades y villas y lugares en nuestros reinos y nuestras posesiones seria efectivo y cesarían a cometer lo mencionado. Y porque hemos sido informados que nada de esto, ni es el caso ni las justicias hechas para algunos de los mencionados judíos encontrándolos muy culpables por lo por los susodichos crímenes y transgresiones contra la santa fe Católica han sido un remedio completo obviar y corregir estos delitos y ofensas. Y a la fe Cristiana y religión cada día parece que los Judíos incrementan en continuar su maldad y daño objetivo a donde residan y conversen; y porque no existe lugar donde ofender de mas a nuestra santa creencia, como a los cuales Dios ha protegido hasta el día de hoy y a aquellos que han sido influenciados, deber de la Santa Madre Iglesia reparar y reducir esta situación al estado anterior, debido a lo frágil del ser humano, pudiese ocurrir que podemos sucumbir a la diabólica tentación que continuamente combate contra nosotros, de modo que, si siendo la causa principal los llamados judíos si no son convertidos deberán ser expulsados de el Reino. Debido a que cuando un crimen detestable y poderoso es cometido por algunos miembros de algún grupo es razonable el grupo debe ser absuelto o aniquilado y los menores por los mayores serán castigados uno por el otro y aquellos que permiten a los buenos y honestos en las ciudades y en las villas y por su contacto puedan perjudicar a otros deberán ser expulsados del grupo de gentes y a pesar de menores razones serán perjudiciales a la República y los mas por la mayoría de sus crímenes seria peligroso y contagioso de modo que el Consejo de hombres eminentes y caballeros de nuestro reinado y de otras personas de conciencia y conocimiento de nuestro supremo concejo y después de muchísima deliberación se acordó en dictar que todos los Judíos y Judías deben abandonar nuestros reinados y que no sea permitido nunca regresar. Nosotros ordenamos además en este edicto que los Judíos y Judías cualquiera edad que residan en nuestros dominios o territorios que partan con sus hijos e hijas, sirvientes y familiares pequeños o grandes de todas las edades al fin de Julio de este año y que no se atrevan a regresar a nuestras tierras y que no tomen un paso adelante a traspasar de la manera que si algún Judío que no acepte este edicto si acaso es encontrado en estos dominios o regresa será culpado a muerte y confiscación de sus bienes. Y hemos ordenado que ninguna persona en nuestro reinado sin importar su estado social incluyendo nobles que escondan o guarden o defiendan a un Judío o Judía ya sea públicamente o secretamente desde fines de Julio y meses subsiguientes en sus hogares o en otro sitio en nuestra región con riesgos de perder como castigo todos sus feudos y fortificaciones, privilegios y bienes hereditarios. Hágase que los Judíos puedan deshacerse de sus hogares y todas sus pertenencias en el plazo estipulado por lo tanto nosotros proveemos nuestro compromiso de la protección y la seguridad de modo que al final del mes de Julio ellos puedan vender e intercambiar sus propiedades y muebles y cualquier otro articulo y disponer de ellos libremente a su criterio que durante este plazo nadie debe hacerles ningún daño, herirlos o injusticias a estas personas o a sus bienes lo cual seria injustificado y el que transgrediese esto incurrirá en el castigo los que violen nuestra seguridad Real. Damos y otorgamos permiso a los anteriormente referidos Judíos y Judías a llevar consigo fuera de nuestras regiones sus bienes y pertenencias por mar o por tierra exceptuando oro y plata, o moneda acuñada u otro articulo prohibido por las leyes del reinado. De modo que ordenamos a todos los concejales, magistrados, caballeros, guardias, oficiales, buenos hombres de la ciudad de Burgos y otras ciudades y villas de nuestro reino y dominios, y a todos nuestros vasallos y personas, que respeten y obedezcan con esta carta y con todo lo que contiene en ella, y que den la clase de asistencia y ayuda necesaria para su ejecución, sujeta a castigo por nuestra gracia soberana y por la confiscación de todos los bienes y propiedades para nuestra casa real y que esta sea notificada a todos y que ninguno pretenda ignorarla, ordenamos que este edicto sea proclamado en todas las plazas y los sitios de reunión de todas las ciudades y en las ciudades principales y villas de las diócesis, y sea hecho por el heraldo en presencia de el escribano público, y que ninguno o nadie haga lo contrario de lo que ha sido definido, sujeto al castigo de nuestra gracia soberana y la anulación de sus cargos y confiscación de sus bienes al que haga lo contrario. Y ordenamos que se evidencie y pruebe a la corte con un testimonio firmado especificando la manera en que el edicto fue llevado a cabo. Dado en esta ciudad de Granada el Treinta y uno día de marzo del año de nuestro señor Jesucristo de 1492. Firmado Yo, el Rey, Yo la Reina, y Juan de la Colonia secretario del Rey y la Reina quien lo ha escrito por orden de sus Majestades.

Los Judios en Sefarad y su participacion en el descubrimiento de America


Como menciona Esteban Veghazi, en su libro “Qué es el judaísmo”, en España,

“donde los judíos se habían establecido desde el siglo III, la población judía aumentó

notablemente después de la batalla de Guadalete (711) como consecuencia de la invasión

de los árabes, probablemente porque los ejércitos musulmanes tenían un gran número de

judíos”.5

En este ambiente, la situación de los judíos mejoró, prosperaron y hubo reyes que

tenían médicos, astrónomos y músicos judíos. Tenían tierras, talleres, hacían el servicio

militar, y en ciertas jurisdicciones disfrutaban de igualdad con los hidalgos. Los judíos

comenzaron a desarrollar en España una gran actividad cultural, conocida como La Edad de

Oro de la cultura judía.

El judaísmo prosperó por tres siglos en Granada, Córdoba, Sevilla, Zaragoza,

Barcelona, y otras. Produjeron obras literarias, religiosas y mundanas. Con el florecimiento

de la cultura árabe, muchos judíos que conocían el idioma se dedicaron a la filosofía y a las

ciencias. La cultura judía dio sus mejores frutos en aquella época. El hombre de la

sinagoga se convirtió en hombre de mundo, participaba en la vida pública y ayudaba a los

reyes árabes en sus empresas y en política.

Pero los judíos nunca olvidaron su antigua patria. “Algunos volvían a la tierra de

Israel para terminar allí sus días, mientras que otros judíos echaban raíces en España y vivían ahí como en su verdadera patria. De Sefarad, nombre en hebreo de España, deriva el

nombre sefaradíes, como se llamaron a sí mismos los judíos de España, pensando que allí

alcanzarían la tranquilidad y un lugar sosegado para sus descendientes, pero jamás

olvidando a Jerusalén”.6

En este período, en los países musulmanes, el pueblo judío pudo llevar una vida

tranquila y continuar con su desarrollo cultural.

Distinto era el caso en resto de los países de la Europa cristiana. A medida que el

cristianismo iba ganando fuerza en occidente, la influencia judía se encontraba en un estado

de postración, como estuvieron sumergidos ya en los últimos tiempos del Imperio Romano.

Los judíos no pudieron alcanzar autoridad alguna en el ambiente cristiano, se los alejó de

los cargos públicos y privados, sin derecho a ciudadanía.

Los judíos originalmente un pueblo agrícola, sin aptitudes especiales y sin

disposiciones para el comercio, se vieron obligados, en su calidad de marginados de la

población urbana, a dedicarse al comercio, lo que causó un cambio en los rasgos

característicos de su existencia.

“A partir de la época feudal, se especializaron cada vez más en el comercio

minorista y buhonero, pues les eran prohibidas todas las otras profesiones, excepto la

medicina. El judío reprobado por causa de las leyes canónicas, llegó a ser banquero por

excelencia; “el judío” y el “usurero” se convirtieron en palabras sinónimas. De este modo

se transformaban en acreedores y enemigos para gran parte de la población. Más tarde, al

despertar el espíritu del sentido comercial y al mismo tiempo, cuando estaba declinando el

vigor de las leyes canónigas ante lo imperativo de la lucha por la existencia, el

precapitalismo cristiano empezó a perseguir al judío como competidor o poseedor de un

monopolio productivo”.7

Como menciona el autor, a modo de generalización, en los países cristianos en la

época medieval, los judíos gozaban de un status positivo cuando sus servicios eran

utilizables para las clases gobernantes, y un status negativo, cuando fuerzas desintegradoras

de la sociedad se oponían a su utilidad.

Expulsión de los judíos de España

En España, los judíos vivieron épocas de gran esplendor y a la vez, períodos de

degradación. “En ninguna parte del mundo, después de la destrucción del Segundo Templo,

el pueblo judío desempeñó un papel tan importante en la vida de un país y produjo tan

altos valores espirituales como en la península ibérica”.8

Pero este desarrollo tuvo un desenlace trágico en el año 1391, cuando comunidades

enteras fueron obligadas a convertirse al cristianismo -cuando el movimiento

denominado por los historiadores La reacción clerical pudo ejercer sin contrapeso el lema

Bautismo o muerte- o cuando familias judías aceptaron voluntariamente el bautismo. Se

calcula, que al llegar el siglo XV casi la mitad de la población judía fue forzada a

convertirse; a los judíos se les quitaban sus derechos y autonomía judicial y se los aislaba

en las llamadas juderías especiales. A las sinagogas se las rebautizaba como iglesias

cristianas.

“Los convertidos al cristianismo y aun sus remotos descendientes, eran conocidos

entre los judíos con el nombre de “anusim” (forzados); o sea, personas a quienes se

obligara a adoptar la religión dominante. El resto de la población los llamaba “conversos” o

“cristianos nuevos”, para distinguirlos de la población general, los “cristianos viejos”. Pero

a los cristianos nuevos se los llamaba comúnmente “marranos”, viejo término español, que

data de comienzos de la Edad Media y significa cerdo. Aplicado a los recién convertidos, al

principio irónicamente, debido a su aversión a la carne del citado animal, volvióse, por

último, un término general que se extendió a todas las lenguas de Europa Central”.9 Así, los

marranos, son aquellos judíos, que convertidos al cristianismo forzadamente, practicaban

en secreto su religión, por temor a ser atrapados por el Tribunal de la Inquisición y morir en

la hoguera.

Sin embargo, a medida que los judíos se alejaban de sus orígenes y se convertían al

cristianismo, identificándose con la sociedad católica e incorporándose a las funciones que

antes como judíos les eran vedadas, más crecía la adversidad en su contra.

En el año 1474 se casaron Fernando de Aragón e Isabel de Castilla y el imperativo

de unidad religiosa se hizo más patente. En noviembre de 1478, a pedido de la pareja real,

el Papa Sixto IV dictó la Bula, que fundó la Inquisición en España y en 1480 se instaló el

Primer Tribunal en Sevilla. Así, el 6 de febrero de 1481 se realizó en el quemadero de

Sevilla el Primer “Auto de Fe”, en el cual se quemaba vivo a aquellos judíos conversos,

que practicaban su judaísmo en forma oculta. Los bienes confiscados pasaron a los

reyes. Se establecieron tribunales en Córdoba, Jaén, Ciudad real, Toledo, Zaragoza, entre

otros. Se creó el Consejo Supremo de la Inquisición, y el cargo de Inspector general recayó

en Tomás de Torquemada.

A fines de 1491 se entregó Granada y el 2 de enero de 1492 entraron los reyes en

ella. Con ello se selló la solución al problema de la unidad religiosa.

El establecimiento de la Inquisición agravó la situación de los judíos conversos, ya

que contra ellos estaba dirigida especialmente. A todos los cristianos se les impuso la

obligación de denunciar a los que llamándose cristianos nuevos continuaran practicando su

religión judía en secreto. Los acusados no sólo debían confesar sus propios pecados, sino

que también debían denunciar a parientes y amigos judaizantes. Cabe precisar, que además

de los judíos, el Tribunal de la Inquisición se dedicó a perseguir todas las acciones

catalogables bajo el rótulo de herejía.

Finalmente, una vez lograda la unidad religiosa en todo el reino de España, los reyes

Fernando e Isabel decretaron el Edicto de Expulsión de todos los judíos, que no se hubiesen

convertido al catolicismo, el día 3 de marzo de 1492.

A continuación un fragmento del Edicto de Expulsión (se encuentra completo en

anexos):

“...Por ende Nos en consejo é parecer de algunos perlados é grandes é caballeros

de nuestros reynos é de otras personas de ciencia é conciencia de nuestro Consejo, aviendo

avido sobre ello mucha deliberación, acordamos de mandar salir á todos los judíos de

nuestros reynos, que jamás tornen, ni vuelvan á ellos, ni á alguno dellos; é sobre ello

mandamos dar esta nuestra Carta, por la qual mandamos á todos los judíos é judías de

qualquier edad que seyan, que viven é moran é están en los dichos reynos é señoríos, ansi

los naturales dellos, como los non naturales que en qualquier manera é sombra ayanvenido ó esten en ellos, que fasta en fin de este mes de Julio, primero que viene deste

presente año, salgan con sus fijos é fijas é criados é criadas é familiares judíos, así

grandes como pequeños, de qualquier edad que seyan, é non seyan osados de tornar á

ellos de viniendo nin de paso, nin en otra manera alguna; só pena que, si lo non ficieren é

cumplieren así, é fueren fallados estar en los dichos nuestros reynos é señoríos ó venir á

ellos en qualquier manera, incurran en pena de muerta é confiscación de todos sus bienes,

para la nuestra Cámara é fisco…”.10

A pesar del alto cargo de Isaac Abrabael, Ministro de Hacienda del reino, Fernando

e Isabel, no tuvieron piedad con él, e igual como el resto de los judíos debió abandonar

España para no someterse al bautismo.

“... y en el año 5252 (es decir, 1492 de la era común) conquistó el rey de España

todo el reino de Granada y la gran ciudad de Granada, populosa y señora entre los reinos.

Y en medio de su poderío y de su soberbia fue dominado por el ánimo de que debía algún

reconocimiento a su Dios, y se dijo en su corazón: ¿Cómo complaceré a mi Dios por

haberme ceñido de fuerza para vencer? ¿Cómo agradeceré a mi Creador por haber

entregado en mis manos esta ciudad, si no sometiendo bajo sus alas al pueblo errante de

Israel, haciendo retornar a su ley y a su fe a la hija descarriada? O bien, desterrándolo de

delante de mi faz a una tierra extraña, para que no siga residiendo en mi país y no

comparezca ante mis ojos.

Mientras me encontraba en la corte del rey cánseme clamando, secóseme mi

garganta y hablé tres veces con el soberano y con mi boca le supliqué diciéndole:


¡Socórrenos, oh rey! ¿Por qué has de tratar de este modo a tus siervos? Auméntanos las

gabelas y los impuestos y todo lo que posee cada varón de Israel lo entregará en aras de su

país. Mas él, cual sorda sierpe, cerró sus oídos, sin retroceder ante nada, y la reina, como

un espíritu del mal, permanecía a su diestra…

Y desfallecido, salió el pueblo en medio del cual yo también me encontraba, en

número de trescientos mil viandantes, entre jóvenes y ancianos, niños y mujeres, en un solo

día, desde todos los rincones del reino.


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MessageSujet: Re: LA EXPULSION DE LOS JUDIOS DE SEFARAD   Mar 3 Juil 2012 - 17:18

Y anduvieron caminando en la incierta direccióndel viento... Una parte se dirigió a los reinos de Portugal y de Navarra, próximos a ellos. Y

padecieron angustias, penurias y tinieblas y fueron víctimas de grandes males. Y yo

también escogí el camino de estos últimos, el camino de un barco en medio del mar...”.11

Se calcula que fueron aproximadamente 200.000 los judíos que salieron de España,

pero no se considera en esa cifra a los cerca de 250.000 judíos conversos que partieron

junto a ellos.

La mitad de los judíos expulsados se fueron a Portugal para seguir practicando su fe,

desde donde también serían desterrados, cuando Manuel, el rey de Portugal, establece

buenas relaciones con Fernando el católico y también procede en el año 1495, a expulsar a

todos los judíos recién llegados, junto con los que habitaban en su país.

Así, los judíos, tuvieron que emigrar a otras tierras, como Italia, Turquía, Holanda,

entre otras. Muchos, llegaron al continente americano recientemente descubierto. Algunos

grupos se radicaron en Brasil, donde posteriormente se los obligó a convertirse al

cristianismo. Los descendientes de estos judíos y de los judíos conversos, desempeñaron un

papel activo e importante en la colonización de América Latina y, todavía existen

descendientes de estos judíos conversos españoles y portugueses, mucho de los cuales

pertenecen a las grandes familias de la aristocracia criolla, como veremos más adelante.

Otro núcleo muy importante de judíos se desplazó a lo largo del mediterráneo y al

norte de África. Pero fue en el Imperio Turco Otomano donde fueron mejor recibidos.

Cuando se supo de la expulsión, el sultán Bayaceto habría lanzado el siguiente decreto a los

judíos: “Escuchad, descendientes de hebreos que vivís en mi país; que vengan a

Constantinopla todos los que quieran y que los salvados de vuestro pueblo encuentren aquí

su reparo”.12 Los judíos que se instalaron en el Imperio Turco mantuvieron el idioma

ladino, las costumbres españolas, el amor por Sefarad (España) y su judaísmo, ya que se

les permitió mantener su culto. A estos judíos se los denomina sefaradíes, y sus

descendientes en los inicios del siglo XX llegarán a nuestro país, como veremos más

adelante.



La participación de judíos conversos en el viaje de Cristóbal Colón al Nuevo

Mundo

En medio del clima recién descrito, con el establecimiento de la Inquisición en

España, se puede comprende fácilmente el interés extraordinario demostrado por los judíos

conversos en la expedición de Cristóbal Colón, con la esperanza de canalizar el éxodo de

los perseguidos hacia tierras nuevas, donde podrían rehacer sus vidas, recobrar la libertad y

practicar el judaísmo.

Cabe mencionar que Cristóbal Colón nunca pensó en descubrir un nuevo continente,

sino que pretendía encontrar una vía marítima más rápida para llegar a la India, lugar con el

que se practicaba un intenso comercio y en el que se sabía que coexistían distintos credos

sin mayores dificultades.

Fue un judío converso, Luis de Santángel, secretario racional de la corona de

Aragón, junto con Juan de Cabrera, judío converso chambelán del rey, quienes abrieron el

camino a Cristóbal Colón hacia la corte.

“Así lo destaca el padre Bartolomé de las Casas en su “Brevisima relación de la

destrucción de las Indias”, cuando se refiere al valor decisivo de la intervención de

Santángel cerca de la reina de Castilla, cuando ya ésta se había desentendido por segunda

vez de toda relación con el proyecto de Colón”.13 A Santángel Cristóbal Colón le envía la

primera noticia sobre el descubrimiento de las Indias. Y no a los reyes.

Pero los judíos no solamente fueron los protectores de Colón, si no que también

fueron los que le proporcionaron los datos científicos necesarios para su gran empresa. El

“Almanaque Perpetuo”, escrito por el astrónomo y profesor de la Universidad de

Salamanca y Zaragoza, Abraham Zacuto, fue de gran utilidad para Colón, que hace

referencia a él en sus memorias. Igualmente útiles fueron los trabajos del Maestre Jaime de

Mallorca, “el judío de las brújulas” y de su padre, Abraham Cresques, autor del “Atlas

Catalán”. Entre otros.

También, encontramos a judíos conversos que tomaron parte personal en la

expedición de Colón. “Tenemos al Maestre Bernal, médico a bordo, y el cirujano Maestre

Marco; otro judío converso es Rodrigo Sánchez de Segovia, Tesorero de la Armada, designado por la reina Isabel; el interprete Luis de Torres, es el primer judío en el

continente americano en manifestar abiertamente “su fidelidad a la religión de sus

ancestros” y Rodrigo de Triana, a quien se le atribuye haber visto por primera vez tierra

americana, entre otros”.14

2.1.5. Judíos conversos en las colonias españolas

En las colonias españolas el proceso del dominio de las tierras fue lento, pero a

medida que aumentaban las expediciones y las conquistas, se introducía un número cada

vez más importante de judíos conversos, los cuales se cuidaron mucho de no ser

descubiertos en su origen judío. Ya que la entrada a estas colonias estaba vedada a los que

no “gozaban” de pureza de sangre o a los que siendo judíos no se hubiesen convertido al

cristianismo.

Por esto, se comprende que el certificado de bautismo era un documento

indispensable para embarcarse hacia el Nuevo Mundo. En el caso de los judíos conversos,

se los denominaba cristianos nuevos.

Así, el paso a estas tierras se realizó alterando la identificación, para disimular un

origen que involucraba persecución. Cualquier judío español o portugués, al convertirse al

cristianismo, tenía que tomar un apellido nuevo sustituyendo su nombre propio hebreo por

un nombre del santoral católico y cambiando su apellido por otro español. Algunos recibían

nombres beatíficos como Santa María, San Martín, Santángel, Santa Cruz, Santa Clara, etc.

Otros recibían un apellido cualquiera, a veces bastante ridículo, como Cabeza de Vaca, que

lleva el famoso explorador español. Del mismo modo les servían de apellidos los nombres

de ciudades, por ejemplo: Madrid, Toledo, Salamanca, etc.

La precaria situación de los judíos conversos que llegaban a América se comprende

en el siguiente edicto de la reina Juana de Castilla, en el año 1511:

“Por cuanto yo he sido informada que en la Isla Española é las otras islas, India é

Tierrafirme del Mar Océano se han pasado é se pasan destas partes muchos hijos é nietos

de quemados… expresamente defiendo que agora ni de aquí en adelante, tanto cuanto mimerced é voluntad fuere, por lo que a mi toca, que ningunos nin algunos nietos ni fijos de

quemados no puedan tener ni tengan, ni usen ni exerciten por sí, por ninguna vía, directa

ni indirecta, ningunos de los oficios reales ni públicos, ni concejales ni otros algunos”.15

Ya en el año 1515, un judío converso, Pedro de León, fue traído de regreso con su

familia desde las Indias para ser juzgado en Sevilla. Cuatro años después, el Supremo

Tribunal de España nombró inquisidores para las colonias americanas. En el primer grupo

de víctimas figuraba Hernando Alonso, el conquistador, quemado en la hoguera en 1528,

durante el primer “Auto de Fe” celebrado en el Nuevo Mundo.

A pesar de lo anterior, salvo casos excepcionales, los conversos o cristianos nuevos

en un principio no sufrieron mayormente de la Inquisición. Fueron tiempos de aparente

tranquilidad. Tenían gran facilidad para movilizarse en el Nuevo Mundo. Hasta que en el

año 1570 llegó a Lima el inquisidor español Serván de Cerezuela para fundar el Tribunal

del Santo Oficio en esta ciudad y el resto del reino. Lo mismo sucede en México en el año

1571.


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MessageSujet: Re: LA EXPULSION DE LOS JUDIOS DE SEFARAD   Mar 3 Juil 2012 - 17:22

Entre los edictos publicados por el Santo Oficio encontramos el siguiente que nos

hace notar un profundo conocimiento de la vida de los judíos conversos en América:

“Os mandamos denunciar ante Nos, si sabéis u habéis oído decir que algunas

personas hayan guardado los Sábados, en observancia de la Ley de Moisés, vistiendo en

ellas camisas limpias u otras ropas mejores, poniendo en la mesa manteles limpios y

echado en las camas sábanas limpias por honra de dicho sábado, no haciendo lumbre ni

otra cosa en él guardándolo desde el viernes en la tarde (...) O que hayan ayunado el

ayuno mayor que los judíos llaman del perdón, andando aquel día descalzos. O si rezasen

oraciones de judíos (...) O si esperasen el Mesías (...) O si cuando nacen las criaturas las

circuncidan y ponen nombres judíos. O si les lavasen, después de bautizarlos, el sitio

donde se puso el óleo y crisma. O si algunos están casados al modo judaico (...) O si

alguno ha dicho que tan buena es la ley de Moisés como la de Cristo”.

Con el establecimiento del Tribunal del Santo Oficio en Lima y en México, se

celebraron “Autos de Fe” masivos, que eliminaron a una parte importante de la

presencia judía de América Hispana. Los Tribunales dependían en forma directa del

Consejo de la Santa y General Inquisición de España y tenían jurisdicción en toda la

extensión de sus respectivos Virreinatos. En el caso de Lima, bajo su mando quedaba todo

el territorio perteneciente a la corona española desde Perú hasta el sur de las actuales

repúblicas de Argentina y Chile. En 1610 se agregó un tercer Tribunal con sede en

Cartagena de Indias.

Sin embargo, mientras los judíos conversos no fueron descubiertos en su origen,

pudieron formar núcleos importantes, destacándose en diversas actividades. “Ocupaban

cargos, desde los más humildes, como criados arrieros, agricultores o mineros, pero

también en las más encumbradas, desempeñado funciones de Gobernadores,

administradores, secretarios de Obispados, constructores, cirujanos o artesanos, labores

relacionadas con el comercio, las finanzas, la medicina. Y existía un número considerable

de eclesiásticos”.




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MessageSujet: Re: LA EXPULSION DE LOS JUDIOS DE SEFARAD   Mar 3 Juil 2012 - 17:23

De varios cristianos nuevos leemos en las actas de la Inquisición, que pertenecían a

lo más granado de la ciudad. Los vemos en la Universidad, en la Administración, en la

literatura, en las profesiones liberales, pero los vemos también en las diversiones y en la

vida de holganza de la aristocracia.

Pero de ninguna manera pudieron organizarse y formar comunidades judías. Si

querían practicar su religión, lo debían hacer siempre en secreto. Y mantenerse dispersos,

sin ser libres en su religión, como tal vez soñaron al salir de España...

“Salvo contadas excepciones, su judaísmo consistía en los recuerdos que habían

logrado conservar a través de las prácticas de un judaísmo subterráneo, ejecutado en

sótanos y lugares apartados, mientras hacían en público ostentación de buen cristianismo.

No obstante la extraordinaria fidelidad que demostraron a la religión de sus antepasados sus

conocimientos de ella se habían mezclado con las prácticas cristianas de todos los días y

sus verdaderas costumbres judías y las enseñanzas de la doctrina de la religión deben haber

sido rudimentarias”.

Cristianos nuevos en el reino de Chile

Como menciona Günter Bohm, en su artículo “Cuatro siglos de presencia judía en

Chile”, la presencia de judíos o de judeo conversos está documentada desde 1535, año en

que un pequeño ejército al mando de Diego de Almagro marchó hacia Chile desde el

Cuzco. A lo menos uno de los participantes de esta expedición, Rodrigo de Orgoños -hijo

de un modesto zapatero de Oropesa-, era hijo de converso y pereció en la batalla de Las

Salinas combatiendo al lado de Almagro.

“Dado que el certificado de bautismo era un certificado indispensable para llegar al

Nuevo Mundo, los judíos que adoptaron la conversión voluntariamente o en forma forzosa,

aparecían en la documentación oficial como cristianos nuevos, a diferencia de los cristianos

viejos que podían demostrar que no contaban entre sus familiares más cercanos a ninguna

persona de origen judío. Todas las denuncias anónimas o de personas identificables, como

también todos los procesos que afectaban a los problemas de la fe, eran celosamente

guardados por los Tribunales del Santo Oficio de la Inquisición, tanto en la península

ibérica como en las colonias de ultramar, lo que permitió conocer con absoluta certeza, ya

en aquélla época y durante los períodos posteriores, el origen de muchos personajes

coloniales que intentaban ocultar su ascendencia judía, para poder vivir en un plano de

igualdad social y profesional”.19

Como explica el autor, una vez fracasada la expedición de Almagro, se inicia en el

año 1540 la segunda expedición a Chile, al mando de Pedro de Valdivia. Entre sus

compañeros se encontraba Diego García de Cáceres, amigo fiel y albacea del fundador de

Santiago. Su origen judío se menciona por primera vez en el año 1619, cuando aparece en

la ciudad de Lima un libro genealógico titulado “La Ovandina”, el que fue requisado por el

18 FIEDLANDER, Günter. 1966. Los héroes olvidados. 1ª. ed. Santiago, Chile, Editorial Nacimiento. p. 40.

19 BOHM, Günter. 1983. Cuatro siglos de presencia judía en Chile. Revista Chilena de Humanidades,

Facultad de Filosofía, Humanidades y Educación, Universidad de Chile (Santiago, Chile) N°4: p. 94.






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MessageSujet: Re: LA EXPULSION DE LOS JUDIOS DE SEFARAD   Mar 3 Juil 2012 - 17:24

Tribunal del Santo Oficio, y provocó un gran escándalo, pues daba a conocer el linaje de

muchas familias importantes que estaban “tenidas y opinadas por confesas y no limpias en

este reino”.20 Pasaron tres siglos antes que se descubriera la documentación original

correspondiente a la información levantada en España en 1620, relacionada con Diego de

García y sus familiares más cercanos.

El Alguacil de la Catedral de Plasencia afirmaba que “Diego García de Cáceres fue

de esta ciudad de Plasencia al descubrimiento de Chile, donde fue Capitán, y cuando se

fue de esta tierra no se decía “de Cáceres” como agora lo nombran, y que tiene por muy

cierto era natural de esta ciudad, porque en ella le conocen muchos parientes y ninguno de

ellos es cristiano viejo ni limpio, sino que todos descendientes de judíos y por tales habidos

y tenidos en esta ciudad y comúnmente repudiados”.21 Este es un ejemplo de cómo se

guardaron los archivos del Tribunal Inquisición y hasta donde tenían conocimiento de

quienes eran judíos o judíos conversos.

“Cabe destacar que entre los descendientes de Diego García de Cáceres se cuentan

a Diego Portales y José Miguel Carrera”.22

Otro judío converso que llegó al reino de Chile fue Francisco de Gudiel, en el año

1543. De él afirma en una carta Hernando de Ibarra que “estaba aguardando la venida del

Mesías”.23 También están documentados Pedro de Omepezoa, Alonso Alvarez, Juan

Serrano y Pedro de Salcedo.

El importante conquistador y Gobernador del reino, Francisco de Villagra, tenía

entre sus antepasados un familiar judío, su abuela, Isabel Madurra, lo que, sin embargo, no

le impidió entrar a la orden de Santiago.

20 Ib.

21 Ib.

22 Ibid, p. 95.

23 BOHM, Günter. 1963. Nuevos antecedentes para una historia de los judíos en Chile colonial. 1ª. ed.

Santiago, Chile, Editorial Universitaria. p. 20.

33

Con estos pocos ejemplos mencionados se puede desprender con qué facilidad los

judíos conversos podían movilizarse por el Nuevo Mundo. Situación que duró hasta el año

1570, cuando se establece el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en Lima, como

mencionamos anteriormente.

En el reino de Chile, no funcionó un Tribunal, sólo actuaban comisarios, que con el

auxilio de notarios y alguaciles recibían las denuncias, realizaban las primeras indagaciones

y luego remitían el expediente a Lima, donde se seguía el proceso y se fallaba. Las

dificultades para desplazarse y residir en sus ciudades no constituyó mayor problema, salvo

algunas denuncias u órdenes de apresamiento que perseguían a algún recién llegado o

residente del país.

Como menciona el autor, un caso destacado fue el del joven judío Luis Duarte de

Portugal, cuyo padre fue condenado por el Santo Oficio en el año 1597. Para despistar en su

origen judío, Luis Duarte cambió su apellido por el de Luis Noble, lo que no le salvó de la

denuncia de cuatro personas que testificaron ante el inquisidor de Buenos Aires “que nunca

lo habían visto rezar ni rosario y todos lo llamaban el judío”.24 Debido a esta acusación,

huye a Tucumán y se establece en Perú. En el año 1608 ingresó con la tropa que envían

desde el Callao como refuerzo a Chile. Tan pequeño era el número de soldados que

pensaban viajar, que apenas se logró juntar a 240 hombres. Se comprende, por lo tanto, que

nadie pensaba investigar a Luis Noble por su origen judío y si actualmente se conocen estos

antecedentes se debe al proceso al que fue sometido a su regreso desde Chile, donde quedó

herido de un brazo, y al no disponer de medios para sobrevivir, robó una cruz de plata en

una Iglesia en el Callao.

Este ejemplo nos demuestra la facilidad con que los judíos conversos podían viajar

al reino de Chile, sin que el comisario del Tribunal de la Inquisición de Santiago se

molestara en investigar su origen.

Pero distinto era el caso si un converso se declaraba abiertamente como judío, ya

que si lo hacía era detenido e interrogado en Santiago y posteriormente enviado al Tribunal

de la Inquisición en Lima.

24 BOHM, Günter. 1983. Cuatro siglos de presencia judía en Chile. Revista Chilena de Humanidades,

Facultad de Filosofía, Humanidades y Educación, Universidad de Chile (Santiago, Chile) N°4: pp. 95 a 96.

34

El caso más dramático fue el del cirujano Francisco Maldonado de Silva, quien

se declaró públicamente como judío e intentó convertir a sus hermanas, las que se habían

criado como sinceras cristianas, y lo denunciaron al comisario del Santo Oficio de

Santiago.

En enero de 1639 en la ciudad de Lima, se realizó el Auto de Fe más grande de

América del Sur, donde Francisco Maldonado de Silva fue quemado vivo por “judaizante”,

única víctima del reino de Chile que sufrió esa espantosa muerte durante el período

colonial.

Fue denunciado y detenido en el reino de Chile, debió comparecer ante el comisario

de Santiago al ser acusado de adherir a la Ley de Moisés, fue procesado por el Santo

Oficio y finalmente quemado vivo en la hoguera en la ciudad de Lima, tras doce años de

confinamiento. Por su alta importancia, este destacado caso se encuentra explicado

detalladamente en anexos.

Se conocen, además, otros casos que se remontan a ese período, pero que no

terminaron tan trágicamente. Por ejemplo, “se encuentra Marcos Rodríguez, de Santiago, a

quien se le denunció de “haber afirmado que hacia Dios cosas que no estaban bien

hechas”. Juan de Oropesa, de La Imperial, fue acusado al vicario del pueblo por ciertas

expresiones vertidas. Juan de Balmaceda fue testificado en Concepción, por el mes de

agosto de 1612, de que hallándose una noche “en presencia de otros soldados había dicho

que Dios no tenía Hijo”. Francisco de Gudiel y Alonso Alvarez, de Concepción, fueron

acusados por “aguardar la venida del Mesías”. 25 Entre otros.

Pero en la mayoría de estos casos el Tribunal falló con incautación de bienes o con

penas de cárcel, pero no se llegó a casos tan extremos como el de Maldonado de Silva.

A mediados del siglo XVII comenzaron a disminuir los procesos, que el Tribunal de

la Inquisición arremetía en contra de judíos y herejes en general. Ya en el siglo XVIII se

inicia para el Tribunal un período de decadencia, que apresurarían las nuevas ideas

25 BOHM, Günter. 1963. Nuevos antecedentes para una historia de los judíos en Chile colonial. 1ª. ed.

Santiago, Chile, Editorial Universitaria. p. 25.

35

relacionadas con la ilustración y el pensamiento liberal. A comienzos del siglo siguiente la

institución se extingue sin dejar rastros.

“La primera medida contra la Inquisición en Chile fue tomada por el Congreso de

1811. Aun cuando no se atrevió a proceder con energía, resolvió al menos impedir -por más

que protestara el representante del Santo Oficio- que los recursos del país sirviesen para el

sostenimiento del tribunal limeño”.26 Cuando las Cortes de Cádiz, el año 1813, declararon

abolida la Inquisición en los dominios españoles, se publicó en Santiago el decreto

respectivo. En qué fecha concreta, fue abolida la Inquisición no lo podemos decir, aunque

también aquí la emancipación política significó una mayor tolerancia religiosa y libertad de

pensamiento.

Podemos concluir que los judíos conversos sufrieron un fuerte proceso de

asimilación cultural, lo cual significó que se convirtieran al catolicismo y la

castellanización de sus apellidos. Estas familias, en su gran mayoría, perdieron su identidad

como judíos. Tenían un lazo sanguíneo que los unía con su fe y cultura, pero esto no fue

suficiente para afirmar su pertenecía en ella, ni la de sus descendientes.

Por lo cual, se puede afirmar, que durante la Conquista y la Colonia de Chile, hubo

una importante inmigración judía, que por su asimilación con el país, se hace imposible de

cuantificar.

Como ya mencionamos, esta inmigración fue principalmente de judíos conversos, que

no se organizó en comunidades, debido a las difíciles condiciones para sobrevivir como

judíos, por lo que fue una inmigración, que no guardó ninguna relación con las posteriores

inmigraciones judías. Fue una población asimilada rápidamente, con cambio de apellidos,

que evolucionaron constantemente hasta hacerse irreconocibles.



Paula Andrea Calderon.

Santiago de Chile.




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MessageSujet: Re: LA EXPULSION DE LOS JUDIOS DE SEFARAD   Mar 3 Juil 2012 - 18:16

El vallisoletano Fray Tomás de Torquemada es un personaje del siglo XV ligado a la ciudad de Ávila, donde falleció en el año 1498 a la edad de 78 años. En 1483 fue nombrado por los Reyes Católicos Inquisidor General de Castilla y Aragón, cargo que ejerció hasta su muerte. En 1492 ordenó la expulsión de los judíos del Reino de España.



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