HISTOIRE DES JUIFS DU MAROC PAR SOLY ANIDJAR

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 LOS JUDIOS DE SEFARADE Y EL DESCUBRIMIENTO DE AMERICA

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Soly Anidjar
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MessageSujet: LOS JUDIOS DE SEFARADE Y EL DESCUBRIMIENTO DE AMERICA   Mar 3 Juil 2012 - 16:55

Los Judíos en Sefarad y su participación en el descubrimiento de America


Como menciona Esteban Veghazi, en su libro “Qué es el judaísmo”, en España, “donde los judíos se habían establecido desde el siglo III, la población judía aumentó notablemente después de la batalla de Guadalete (711) como consecuencia de la invasión de los árabes, probablemente porque los ejércitos musulmanes tenían un gran número de judíos”.

En este ambiente, la situación de los judíos mejoró, prosperaron y hubo reyes que tenían médicos, astrónomos y músicos judíos. Tenían tierras, talleres, hacían el servicio militar, y en ciertas jurisdicciones disfrutaban de igualdad con los hidalgos. Los judíos comenzaron a desarrollar en España una gran actividad cultural, conocida como La Edad de Oro de la cultura judía.

El judaísmo prosperó por tres siglos en Granada, Córdoba, Sevilla, Zaragoza, Barcelona, y otras. Produjeron obras literarias, religiosas y mundanas. Con el florecimiento de la cultura árabe, muchos judíos que conocían el idioma se dedicaron a la filosofía y a las ciencias. La cultura judía dio sus mejores frutos en aquella época. El hombre de la sinagoga se convirtió en hombre de mundo, participaba en la vida pública y ayudaba a los reyes árabes en sus empresas y en política.

Pero los judíos nunca olvidaron su antigua patria. “Algunos volvían a la tierra de Israel para terminar allí sus días, mientras que otros judíos echaban raíces en España y vivían ahí como en su verdadera patria. De Sefarad, nombre en hebreo de España, deriva el nombre sefaradíes, como se llamaron a sí mismos los judíos de España, pensando que allí alcanzarían la tranquilidad y un lugar sosegado para sus descendientes, pero jamás olvidando a Jerusalén”.

En este período, en los países musulmanes, el pueblo judío pudo llevar una vida tranquila y continuar con su desarrollo cultural.

Distinto era el caso en resto de los países de la Europa cristiana. A medida que el cristianismo iba ganando fuerza en occidente, la influencia judía se encontraba en un estado de postración, como estuvieron sumergidos ya en los últimos tiempos del Imperio Romano.

Los judíos no pudieron alcanzar autoridad alguna en el ambiente cristiano, se los alejó de los cargos públicos y privados, sin derecho a ciudadanía.

Los judíos originalmente un pueblo agrícola, sin aptitudes especiales y sin disposiciones para el comercio, se vieron obligados, en su calidad de marginados de la población urbana, a dedicarse al comercio, lo que causó un cambio en los rasgos característicos de su existencia.

“A partir de la época feudal, se especializaron cada vez más en el comercio minorista y buhonero, pues les eran prohibidas todas las otras profesiones, excepto la medicina. El judío reprobado por causa de las leyes canónicas, llegó a ser banquero por excelencia; “el judío” y el “usurero” se convirtieron en palabras sinónimas. De este modo se transformaban en acreedores y enemigos para gran parte de la población. Más tarde, al despertar el espíritu del sentido comercial y al mismo tiempo, cuando estaba declinando el vigor de las leyes canónigas ante lo imperativo de la lucha por la existencia, el precapitalismo cristiano empezó a perseguir al judío como competidor o poseedor de un monopolio productivo”.

Como menciona el autor, a modo de generalización, en los países cristianos en la época medieval, los judíos gozaban de un status positivo cuando sus servicios eran utilizables para las clases gobernantes, y un status negativo, cuando fuerzas desintegradoras de la sociedad se oponían a su utilidad.

Expulsión de los judíos de España

En España, los judíos vivieron épocas de gran esplendor y a la vez, períodos de degradación. “En ninguna parte del mundo, después de la destrucción del Segundo Templo, el pueblo judío desempeñó un papel tan importante en la vida de un país y produjo tan altos valores espirituales como en la península ibérica”.

Pero este desarrollo tuvo un desenlace trágico en el año 1391, cuando comunidades enteras fueron obligadas a convertirse al cristianismo -cuando el movimiento denominado por los historiadores La reacción clerical pudo ejercer sin contrapeso el lema Bautismo o muerte- o cuando familias judías aceptaron voluntariamente el bautismo. Se calcula, que al llegar el siglo XV casi la mitad de la población judía fue forzada a convertirse; a los judíos se les quitaban sus derechos y autonomía judicial y se los aislaba en las llamadas juderías especiales. A las sinagogas se las rebautizaba como iglesias cristianas.

“Los convertidos al cristianismo y aun sus remotos descendientes, eran conocidos entre los judíos con el nombre de “anusim” (forzados); o sea, personas a quienes se obligara a adoptar la religión dominante. El resto de la población los llamaba “conversos” o “cristianos nuevos”, para distinguirlos de la población general, los “cristianos viejos”. Pero a los cristianos nuevos se los llamaba comúnmente “marranos”, viejo término español, que data de comienzos de la Edad Media y significa cerdo. Aplicado a los recién convertidos, al principio irónicamente, debido a su aversión a la carne del citado animal, volviose, por último, un término general que se extendió a todas las lenguas de Europa Central”.

Así, los marranos, son aquellos judíos, que convertidos al cristianismo forzadamente, practicaban en secreto su religión, por temor a ser atrapados por el Tribunal de la Inquisición y morir en la hoguera. Sin embargo, a medida que los judíos se alejaban de sus orígenes y se convertían al cristianismo, identificándose con la sociedad católica e incorporándose a las funciones que antes como judíos les eran vedadas, más crecía la adversidad en su contra.

En el año 1474 se casaron Fernando de Aragón e Isabel de Castilla y el imperativo de unidad religiosa se hizo más patente. En noviembre de 1478, a pedido de la pareja real, el Papa Sixto IV dictó la Bula, que fundó la Inquisición en España y en 1480 se instaló el Primer Tribunal en Sevilla. Así, el 6 de febrero de 1481 se realizó en el quemadero de Sevilla el Primer “Auto de Fe”, en el cual se quemaba vivo a aquellos judíos conversos, que practicaban su judaísmo en forma oculta. Los bienes confiscados pasaron a los reyes. Se establecieron tribunales en Córdoba, Jaén, Ciudad real, Toledo, Zaragoza, entre otros. Se creó el Consejo Supremo de la Inquisición, y el cargo de Inspector general recayó en Tomás de Torquemada.

A fines de 1491 se entregó Granada y el 2 de enero de 1492 entraron los reyes en ella. Con ello se selló la solución al problema de la unidad religiosa. El establecimiento de la Inquisición agravó la situación de los judíos conversos, ya que contra ellos estaba dirigida especialmente. A todos los cristianos se les impuso la obligación de denunciar a los que llamándose cristianos nuevos continuaran practicando su religión judía en secreto. Los acusados no sólo debían confesar sus propios pecados, sino que también debían denunciar a parientes y amigos judaizantes. Cabe precisar, que además de los judíos, el Tribunal de la Inquisición se dedicó a perseguir todas las acciones catalogables bajo el rótulo de herejía.

Finalmente, una vez lograda la unidad religiosa en todo el reino de España, los reyes Fernando e Isabel decretaron el Edicto de Expulsión de todos los judíos, que no se hubiesen convertido al catolicismo, el día 3 de marzo de 1492.

A continuación un fragmento del Edicto de Expulsión (se encuentra completo en

anexos):

“...Por ende Nos en consejo é parecer de algunos perlados é grandes é caballeros

de nuestros reynos é de otras personas de ciencia é conciencia de nuestro Consejo, aviendo

avido sobre ello mucha deliberación, acordamos de mandar salir á todos los judíos de

nuestros reynos, que jamás tornen, ni vuelvan á ellos, ni á alguno dellos; é sobre ello

mandamos dar esta nuestra Carta, por la qual mandamos á todos los judíos é judías de

qualquier edad que seyan, que viven é moran é están en los dichos reynos é señoríos, ansi

los naturales dellos, como los non naturales que en qualquier manera é sombra ayanvenido ó

esten en ellos, que fasta en fin de este mes de Julio, primero que viene deste

presente año, salgan con sus fijos é fijas é criados é criadas é familiares judíos, así

grandes como pequeños, de qualquier edad que seyan, é non seyan osados de tornar á

ellos de viniendo nin de paso, nin en otra manera alguna; só pena que, si lo non ficieren é

cumplieren así, é fueren fallados estar en los dichos nuestros reynos é señoríos ó venir á

ellos en qualquier manera, incurran en pena de muerta é confiscación de todos sus bienes,

para la nuestra Cámara é fisco…”.

A pesar del alto cargo de Isaac Abrabael, Ministro de Hacienda del reino, Fernando e Isabel, no tuvieron piedad con él, e igual como el resto de los judíos debió abandonar España para no someterse al bautismo.

Y desfallecido, salió el pueblo en medio del cual yo también me encontraba, en número de trescientos mil viandantes, entre jóvenes y ancianos, niños y mujeres, en un solo día, desde todos los rincones del reino. Y anduvieron caminando en la incierta direccióndel viento... Una parte se dirigió a los reinos de Portugal y de Navarra, próximos a ellos. Y padecieron angustias, penurias y tinieblas y fueron víctimas de grandes males. Y yo también escogí el camino de estos últimos, el camino de un barco en medio del mar...”.

Se calcula que fueron aproximadamente 200.000 los judíos que salieron de España, pero no se considera en esa cifra a los cerca de 250.000 judíos conversos que partieron junto a ellos.

La mitad de los judíos expulsados se fueron a Portugal para seguir practicando su fe, desde donde también serían desterrados, cuando Manuel, el rey de Portugal, establece buenas relaciones con Fernando el católico y también procede en el año 1495, a expulsar a todos los judíos recién llegados, junto con los que habitaban en su país.

Así, los judíos, tuvieron que emigrar a otras tierras, como Italia, Turquía, Holanda, entre otras. Muchos, llegaron al continente americano recientemente descubierto. Algunos grupos se radicaron en Brasil, donde posteriormente se los obligó a convertirse al cristianismo. Los descendientes de estos judíos y de los judíos conversos, desempeñaron un papel activo e importante en la colonización de América Latina y, todavía existen descendientes de estos judíos conversos españoles y portugueses, mucho de los cuales pertenecen a las grandes familias de la aristocracia criolla, como veremos más adelante.

Otro núcleo muy importante de judíos se desplazó a lo largo del mediterráneo y al norte de África. Pero fue en el Imperio Turco Otomano donde fueron mejor recibidos.

Cuando se supo de la expulsión, el sultán Bayaceto habría lanzado el siguiente decreto a los judíos: “Escuchad, descendientes de hebreos que vivís en mi país; que vengan a Constantinopla todos los que quieran y que los salvados de vuestro pueblo encuentren aquí su reparo”. Los judíos que se instalaron en el Imperio Turco mantuvieron el idioma ladino, las costumbres españolas, el amor por Sefarad (España) y su judaísmo, ya que se les permitió mantener su culto. A estos judíos se los denomina sefaradíes, y sus descendientes en los inicios del siglo XX llegarán a nuestro país, como veremos más adelante.

La participación de judíos conversos en el viaje de Cristóbal Colón al Nuevo Mundo

En medio del clima recién descrito, con el establecimiento de la Inquisición en España, se puede comprende fácilmente el interés extraordinario demostrado por los judíos conversos en la expedición de Cristóbal Colón, con la esperanza de canalizar el éxodo de los perseguidos hacia tierras nuevas, donde podrían rehacer sus vidas, recobrar la libertad y practicar el judaísmo.

Cabe mencionar que Cristóbal Colón nunca pensó en descubrir un nuevo continente, sino que pretendía encontrar una vía marítima más rápida para llegar a la India, lugar con el que se practicaba un intenso comercio y en el que se sabía que coexistían distintos credos sin mayores dificultades.

Fue un judío converso, Luis de Santángel, secretario racional de la corona de Aragón, junto con Juan de Cabrera, judío converso chambelán del rey, quienes abrieron el camino a Cristóbal Colón hacia la corte. Así lo destaca el padre Bartolomé de las Casas en su “Brevisima relación de la destrucción de las Indias”, cuando se refiere al valor decisivo de la intervención de Santángel cerca de la reina de Castilla, cuando ya ésta se había desentendido por segunda vez de toda relación con el proyecto de Colón”.

A Santángel Cristóbal Colón le envía la primera noticia sobre el descubrimiento de las Indias. Y no a los reyes. Pero los judíos no solamente fueron los protectores de Colón, si no que también fueron los que le proporcionaron los datos científicos necesarios para su gran empresa. El “Almanaque Perpetuo”, escrito por el astrónomo y profesor de la Universidad de Salamanca y Zaragoza, Abraham Zacuto, fue de gran utilidad para Colón, que hace referencia a él en sus memorias. Igualmente útiles fueron los trabajos del Maestre Jaime de Mallorca, “el judío de las brújulas” y de su padre, Abraham Cresques, autor del “Atlas Catalán”. Entre otros.

También, encontramos a judíos conversos que tomaron parte personal en la expedición de Colón. “Tenemos al Maestre Bernal, médico a bordo, y el cirujano Maestre Marco; otro judío converso es Rodrigo Sánchez de Segovia, Tesorero de la Armada, designado por la reina Isabel; el interprete Luis de Torres, es el primer judío en el continente americano en manifestar abiertamente “su fidelidad a la religión de sus ancestros” y Rodrigo de Triana, a quien se le atribuye haber visto por primera vez tierra americana, entre otros”.

Judíos conversos en las colonias españolas

En las colonias españolas el proceso del dominio de las tierras fue lento, pero a medida que aumentaban las expediciones y las conquistas, se introducía un número cada vez más importante de judíos conversos, los cuales se cuidaron mucho de no ser descubiertos en su origen judío. Ya que la entrada a estas colonias estaba vedada a los que no “gozaban” de pureza de sangre o a los que siendo judíos no se hubiesen convertido al cristianismo.

Por esto, se comprende que el certificado de bautismo era un documento indispensable para embarcarse hacia el Nuevo Mundo. En el caso de los judíos conversos, se los denominaba cristianos nuevos.

Así, el paso a estas tierras se realizó alterando la identificación, para disimular un origen que involucraba persecución. Cualquier judío español o portugués, al convertirse al cristianismo, tenía que tomar un apellido nuevo sustituyendo su nombre propio hebreo por un nombre del santoral católico y cambiando su apellido por otro español. Algunos recibían nombres beatíficos como Santa María, San Martín, Santángel, Santa Cruz, Santa Clara, etc.

Otros recibían un apellido cualquiera, a veces bastante ridículo, como Cabeza de Vaca, que lleva el famoso explorador español. Del mismo modo les servían de apellidos los nombres de ciudades, por ejemplo: Madrid, Toledo, Salamanca, etc.

La precaria situación de los judíos conversos que llegaban a América se comprende en el siguiente edicto de la reina Juana de Castilla, en el año 1511:

“Por cuanto yo he sido informada que en la Isla Española é las otras islas, India é Tierrafirme del Mar Océano se han pasado é se pasan destas partes muchos hijos é nietos de quemados… expresamente defiendo que agora ni de aquí en adelante, tanto cuanto mi merced é voluntad fuere, por lo que a mi toca, que ningunos nin algunos nietos ni fijos de quemados no puedan tener ni tengan, ni usen ni exerciten por sí, por ninguna vía, directa ni indirecta, ningunos de los oficios reales ni públicos, ni concejales ni otros algunos”.

Ya en el año 1515, un judío converso, Pedro de León, fue traído de regreso con su familia desde las Indias para ser juzgado en Sevilla. Cuatro años después, el Supremo Tribunal de España nombró inquisidores para las colonias americanas. En el primer grupo de víctimas figuraba Hernando Alonso, el conquistador, quemado en la hoguera en 1528, durante el primer “Auto de Fe” celebrado en el Nuevo Mundo.

A pesar de lo anterior, salvo casos excepcionales, los conversos o cristianos nuevos en un principio no sufrieron mayormente de la Inquisición. Fueron tiempos de aparente tranquilidad. Tenían gran facilidad para movilizarse en el Nuevo Mundo. Hasta que en el año 1570 llegó a Lima el inquisidor español Serván de Cerezuela para fundar el Tribunal del Santo Oficio en esta ciudad y el resto del reino. Lo mismo sucede en México en el año 1571.

Entre los edictos publicados por el Santo Oficio encontramos el siguiente que nos hace notar un profundo conocimiento de la vida de los judíos conversos en América:

“Os mandamos denunciar ante Nos, si sabéis u habéis oído decir que algunas

personas hayan guardado los Sábados, en observancia de la Ley de Moisés, vistiendo en

ellas camisas limpias u otras ropas mejores, poniendo en la mesa manteles limpios y

echado en las camas sábanas limpias por honra de dicho sábado, no haciendo lumbre ni

otra cosa en él guardándolo desde el viernes en la tarde (...) O que hayan ayunado el

ayuno mayor que los judíos llaman del perdón, andando aquel día descalzos. O si rezasen

oraciones de judíos (...) O si esperasen el Mesías (...) O si cuando nacen las criaturas las

circuncidan y ponen nombres judíos. O si les lavasen, después de bautizarlos, el sitio

donde se puso el óleo y crisma. O si algunos están casados al modo judaico (...) O si

alguno ha dicho que tan buena es la ley de Moisés como la de Cristo”.

Con el establecimiento del Tribunal del Santo Oficio en Lima y en México, se celebraron “Autos de Fe” masivos, que eliminaron a una parte importante de la presencia judía de América Hispana. Los Tribunales dependían en forma directa del Consejo de la Santa y General Inquisición de España y tenían jurisdicción en toda la extensión de sus respectivos Virreinatos. En el caso de Lima, bajo su mando quedaba todo el territorio perteneciente a la corona española desde Perú hasta el sur de las actuales repúblicas de Argentina y Chile. En 1610 se agregó un tercer Tribunal con sede en Cartagena de Indias.

Sin embargo, mientras los judíos conversos no fueron descubiertos en su origen, pudieron formar núcleos importantes, destacándose en diversas actividades. “Ocupaban cargos, desde los más humildes, como criados arrieros, agricultores o mineros, pero también en las más encumbradas, desempeñado funciones de Gobernadores, administradores, secretarios de Obispados, constructores, cirujanos o artesanos, labores relacionadas con el comercio, las finanzas, la medicina. Y existía un número considerable de eclesiásticos”.

De varios cristianos nuevos leemos en las actas de la Inquisición, que pertenecían a lo más granado de la ciudad. Los vemos en la Universidad, en la Administración, en la literatura, en las profesiones liberales, pero los vemos también en las diversiones y en la vida de holganza de la aristocracia.

Pero de ninguna manera pudieron organizarse y formar comunidades judías. Si querían practicar su religión, lo debían hacer siempre en secreto. Y mantenerse dispersos, sin ser libres en su religión, como tal vez soñaron al salir de España...

“Salvo contadas excepciones, su judaísmo consistía en los recuerdos que habían logrado conservar a través de las prácticas de un judaísmo subterráneo, ejecutado en sótanos y lugares apartados, mientras hacían en público ostentación de buen cristianismo. No obstante la extraordinaria fidelidad que demostraron a la religión de sus antepasados sus conocimientos de ella se habían mezclado con las prácticas cristianas de todos los días y sus verdaderas costumbres judías y las enseñanzas de la doctrina de la religión deben haber sido rudimentarias”.

Cristianos nuevos en el reino de Chile

Como menciona Günter Bohm, en su artículo “Cuatro siglos de presencia judía en Chile”, la presencia de judíos o de judeo conversos está documentada desde 1535, año en que un pequeño ejército al mando de Diego de Almagro marchó hacia Chile desde el Cuzco. A lo menos uno de los participantes de esta expedición, Rodrigo de Orgoños -hijo de un modesto zapatero de Oropesa-, era hijo de converso y pereció en la batalla de Las Salinas combatiendo al lado de Almagro.

“Dado que el certificado de bautismo era un certificado indispensable para llegar al Nuevo Mundo, los judíos que adoptaron la conversión voluntariamente o en forma forzosa, aparecían en la documentación oficial como cristianos nuevos, a diferencia de los cristianos viejos que podían demostrar que no contaban entre sus familiares más cercanos a ninguna persona de origen judío. Todas las denuncias anónimas o de personas identificables, como también todos los procesos que afectaban a los problemas de la fe, eran celosamente guardados por los Tribunales del Santo Oficio de la Inquisición, tanto en la península ibérica como en las colonias de ultramar, lo que permitió conocer con absoluta certeza, ya en aquélla época y durante los períodos posteriores, el origen de muchos personajes coloniales que intentaban ocultar su ascendencia judía, para poder vivir en un plano de igualdad social y profesional”.

Como explica el autor, una vez fracasada la expedición de Almagro, se inicia en el año 1540 la segunda expedición a Chile, al mando de Pedro de Valdivia. Entre sus compañeros se encontraba Diego García de Cáceres, amigo fiel y albacea del fundador de Santiago. Su origen judío se menciona por primera vez en el año 1619, cuando aparece en la ciudad de Lima un libro genealógico titulado “La Ovandina”, el que fue requisado por el Tribunal del Santo Oficio, y provocó un gran escándalo, pues daba a conocer el linaje de muchas familias importantes que estaban “tenidas y opinadas por confesas y no limpias en este reino”. Pasaron tres siglos antes que se descubriera la documentación original correspondiente a la información levantada en España en 1620, relacionada con Diego de García y sus familiares más cercanos.

El Alguacil de la Catedral de Plasencia afirmaba que “Diego García de Cáceres fue de esta ciudad de Plasencia al descubrimiento de Chile, donde fue Capitán, y cuando se fue de esta tierra no se decía “de Cáceres” como agora lo nombran, y que tiene por muy cierto era natural de esta ciudad, porque en ella le conocen muchos parientes y ninguno de ellos es cristiano viejo ni limpio, sino que todos descendientes de judíos y por tales habidos y tenidos en esta ciudad y comúnmente repudiados”. Este es un ejemplo de cómo se guardaron los archivos del Tribunal Inquisición y hasta donde tenían conocimiento de quienes eran judíos o judíos conversos.

“Cabe destacar que entre los descendientes de Diego García de Cáceres se cuentan a Diego Portales y José Miguel Carrera”.

Otro judío converso que llegó al reino de Chile fue Francisco de Gudiel, en el año 1543. De él afirma en una carta Hernando de Ibarra que “estaba aguardando la venida del Mesías”. También están documentados Pedro de Omepezoa, Alonso Alvarez, Juan Serrano y Pedro de Salcedo.

El importante conquistador y Gobernador del reino, Francisco de Villagra, tenía entre sus antepasados un familiar judío, su abuela, Isabel Madurra, lo que, sin embargo, no le impidió entrar a la orden de Santiago.

Con estos pocos ejemplos mencionados se puede desprender con qué facilidad los judíos conversos podían movilizarse por el Nuevo Mundo. Situación que duró hasta el año 1570, cuando se establece el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en Lima, como mencionamos anteriormente.

En el reino de Chile, no funcionó un Tribunal, sólo actuaban comisarios, que con el auxilio de notarios y alguaciles recibían las denuncias, realizaban las primeras indagaciones y luego remitían el expediente a Lima, donde se seguía el proceso y se fallaba. Las dificultades para desplazarse y residir en sus ciudades no constituyó mayor problema, salvo algunas denuncias u órdenes de apresamiento que perseguían a algún recién llegado o residente del país.

Como menciona el autor, un caso destacado fue el del joven judío Luis Duarte de Portugal, cuyo padre fue condenado por el Santo Oficio en el año 1597. Para despistar en su origen judío, Luis Duarte cambió su apellido por el de Luis Noble, lo que no le salvó de la denuncia de cuatro personas que testificaron ante el inquisidor de Buenos Aires “que nunca lo habían visto rezar ni rosario y todos lo llamaban el judío”. Debido a esta acusación, huye a Tucumán y se establece en Perú. En el año 1608 ingresó con la tropa que envían desde el Callao como refuerzo a Chile. Tan pequeño era el número de soldados que pensaban viajar, que apenas se logró juntar a 240 hombres. Se comprende, por lo tanto, que nadie pensaba investigar a Luis Noble por su origen judío y si actualmente se conocen estos antecedentes se debe al proceso al que fue sometido a su regreso desde Chile, donde quedó herido de un brazo, y al no disponer de medios para sobrevivir, robó una cruz de plata en una Iglesia en el Callao.

Este ejemplo nos demuestra la facilidad con que los judíos conversos podían viajar al reino de Chile, sin que el comisario del Tribunal de la Inquisición de Santiago se molestara en investigar su origen.

Pero distinto era el caso si un converso se declaraba abiertamente como judío, ya que si lo hacía era detenido e interrogado en Santiago y posteriormente enviado al Tribunal de la Inquisición en Lima.

El caso más dramático fue el del cirujano Francisco Maldonado de Silva, quien se declaró públicamente como judío e intentó convertir a sus hermanas, las que se habían criado como sinceras cristianas, y lo denunciaron al comisario del Santo Oficio de Santiago.

En enero de 1639 en la ciudad de Lima, se realizó el Auto de Fe más grande de América del Sur, donde Francisco Maldonado de Silva fue quemado vivo por “judaizante”, única víctima del reino de Chile que sufrió esa espantosa muerte durante el período colonial.

Fue denunciado y detenido en el reino de Chile, debió comparecer ante el comisario de Santiago al ser acusado de adherir a la Ley de Moisés, fue procesado por el Santo Oficio y finalmente quemado vivo en la hoguera en la ciudad de Lima, tras doce años de confinamiento. Por su alta importancia, este destacado caso se encuentra explicado detalladamente.

Se conocen, además, otros casos que se remontan a ese período, pero que no terminaron tan trágicamente. Por ejemplo, “se encuentra Marcos Rodríguez, de Santiago, a quien se le denunció de “haber afirmado que hacia Dios cosas que no estaban bien hechas”. Juan de Oropesa, de La Imperial, fue acusado al vicario del pueblo por ciertas expresiones vertidas. Juan de Balmaceda fue testificado en Concepción, por el mes de agosto de 1612, de que hallándose una noche “en presencia de otros soldados había dicho que Dios no tenía Hijo”. Francisco de Gudiel y Alonso Alvarez, de Concepción, fueron acusados por “aguardar la venida del Mesías”. Entre otros.

Pero en la mayoría de estos casos el Tribunal falló con incautación de bienes o con penas de cárcel, pero no se llegó a casos tan extremos como el de Maldonado de Silva.

A mediados del siglo XVII comenzaron a disminuir los procesos, que el Tribunal de la Inquisición arremetía en contra de judíos y herejes en general. Ya en el siglo XVIII se inicia para el Tribunal un período de decadencia, que apresurarían las nuevas ideas relacionadas con la ilustración y el pensamiento liberal. A comienzos del siglo siguiente la institución se extingue sin dejar rastros.

“La primera medida contra la Inquisición en Chile fue tomada por el Congreso de 1811. Aun cuando no se atrevió a proceder con energía, resolvió al menos impedir -por más que protestara el representante del Santo Oficio- que los recursos del país sirviesen para el sostenimiento del tribunal limeño”.

Cuando las Cortes de Cádiz, el año 1813, declararon abolida la Inquisición en los dominios españoles, se publicó en Santiago el decreto respectivo. En qué fecha concreta, fue abolida la Inquisición no lo podemos decir, aunque también aquí la emancipación política significó una mayor tolerancia religiosa y libertad de pensamiento.

Podemos concluir que los judíos conversos sufrieron un fuerte proceso de asimilación cultural, lo cual significó que se convirtieran al catolicismo y la castellanización de sus apellidos. Estas familias, en su gran mayoría, perdieron su identidad como judíos. Tenían un lazo sanguíneo que los unía con su fe y cultura, pero esto no fue suficiente para afirmar su pertenecía en ella, ni la de sus descendientes.

Por lo cual, se puede afirmar, que durante la Conquista y la Colonia de Chile, hubo una importante inmigración judía, que por su asimilación con el país, se hace imposible de cuantificar.

Como ya mencionamos, esta inmigración fue principalmente de judíos conversos, que no se organizó en comunidades, debido a las difíciles condiciones para sobrevivir como judíos, por lo que fue una inmigración, que no guardó ninguna relación con las posteriores inmigraciones judías. Fue una población asimilada rápidamente, con cambio de apellidos, que evolucionaron constantemente hasta hacerse irreconocibles




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