HISTOIRE DES JUIFS DU MAROC PAR SOLY ANIDJAR

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 El Acta de Algeciras. Otro papel inútil

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Soly Anidjar
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MessageSujet: El Acta de Algeciras. Otro papel inútil   Dim 14 Mar 2010 - 9:27

El Acta de Algeciras. Otro papel inútil.-


Por Enrique Arques.

El desconocimiento del Acta de Algeciras ha hecho desbarrar a mucha gente, sin excluir a gobernantes, parlamentarios, políticos, diplomáticos, periodistas… El Acta de Algeciras se ha citado millares de veces sin haberla leído ninguna. Se invocó en muchas ocasiones para justificar lo que no se había podido hacer o para disculpar lo que no debió hacerse. Era como un tabú, que se utilizaba con habilidad por los audaces para maniobrar libremente, según las conveniencias. Y los que se quedaron con el documento célebre –para manejarlo a su antojo como un título de su exclusiva propiedad- querían que los demás le guardásemos un respeto sagrado. Todavía, ahora mismo, con motivo de la ocupación española de Tánger, se nos ha invocado otra vez el Acta de Algeciras. Como un último pretexto para no irse los que ya no debían estar.

Los españoles, casi todos los españoles, desconocen el Acta de Algeciras. No lo censuramos. Han hecho bien en no preocuparse nunca del instrumento más inútil que en toda la vida amañara la diplomacia internacional. A pesar de que la cursilería colonista y africanista le llamase pomposamente “el estatuto fundamental de Marruecos”. Más justo hubiera sido decirle “el Estatuto deshacedor de Marruecos”.

Los españoles son supieron jamás por qué se les nombraba a cada momento el Acta de Algeciras. ¿Acaso significaba tanto en la vida nacional ese papel con tantas firmas? ¿Era por las firmas o por el papel?... Los españoles, desconfiados y escarmentados de los malos negocios coloniales de su diplomacia, se encogían de hombros ante los estímulos de esta nueva política exterior. Y así puede afirmarse que España estuvo ausente en la letra, en el compromiso y en la firma del documento renombrado. Si España firmó, allí no estuvo. Aunque valiese con todos los honores la rúbrica de un diplomático español, que cumplió como pudo y lo mejor que pudo su penoso deber. El deber de no haber hecho nada.

Lo único que España tuvo y puso en Algeciras fue…Algeciras. Y aun esto, el lugar, no significó tampoco una prueba estimable de consideración, de reconocida preferencia, sino meramente un servicio. Se eligió Algeciras y no un sitio de Marruecos por no cometer la tropelía en el mismo suelo de la hospitalidad. Era una ciudad modestísima, que no podía ofrecer a los grandes dignatarios las comodidades suntuosas ni las espléndidas distracciones a que les tenía acostumbrados su brillante mundo cosmopolita; pero se hallaba a un paso de Marruecos, y desde la misma terraza del hotel se veían las costas moras del estrecho, como una prolongación de las propias costas de Europa. Para los diplomáticos era igual. También Andalucía tenía algo del ensueño encantado de la otra tierra mora…

España, pues, ni puso ni tuvo nada en la Conferencia de Algeciras, porque ni siquiera la elección del sitio fue iniciativa suya. Y ocupó una de las sillas por no estar del todo desairada en su propio país y porque había sido una de las potencias signatarias de la Conferencia de Madrid del año 80, a todas las cuales se les había invitado en nombre de Marruecos.

Y así, de pronto, se encontró en Algeciras como uno más entre los que formaban el séquito de los poderosos. Porque fue atropelladamente, a empujones, sin voluntad y sin ambición, cogida de la mano de Francia, que nos había obligado siete meses antes –ya lo hemos dicho- “a marchar completamente de acuerdo con ella en el curso de las deliberaciones proyectadas…”

Francia ha podido convencerse a los treinta y cuatro años de que aquella política inglesa de alianzas que culminó en las confabulaciones intrigantes de Algeciras es la que ahora ha tenido que pagar con esta derrota terrible. El haberse dejado entonces seducir por Inglaterra le costó hoy la vida. Y lo que vale más que la vida.

Pero España, más por instinto nacional que por acierto de su política, se desligó a tiempo de los compromisos y lazos que se le tendían. Se salvó una vez, librándose de ellos, el año 1914.

¿Y para qué se reunieron trece naciones en Algeciras, discutieron tres meses y perdieron tanto tiempo?

Sea la respuesta de un ilustre periodista alemán, muy estimado amigo nuestro, Heinz Barth, que ahora mismo lo ha dicho en un libro interesantísimo para España:

“En 1906 se llegó a la Conferencia de Algeciras, en la cual Alemania se vio casi aislada, junto con Austria-Hungría. Por primera vez tuvieron que darse cuenta en Berlín de que, tal vez, cuando el desembarco en Tánger, no había dado la importancia que merecía al Convenio franco-inglés de 1904. Es probable que una actitud más decisiva y una prosecución enérgica de la política entonces emprendida hubieran podido impedir la toma de posesión del país por Francia. Después de tres meses de negociaciones en Algeciras, hubo una especie de armisticio, en que se impuso el triple principio de la independencia del Sultán, la integridad de sus Estados y la igualdad de derechos económicos de todas las naciones interesadas en Marruecos, dando a Francia, sin embargo, cierta preponderancia en la cuestión del Banco del estado y de la vigilancia de los puertos en las ciudades costeras. Francia abandonó Algeciras con la idea oculta de buscar, a pesar de todo, la solución militar; Inglaterra, con la de complacer a los franceses, sin cesar en sus esfuerzos para mantenerlos a distancia del Estrecho; España, con el sentimiento de que otra vez tenía que pagar las cuentas, y Alemania, con el reconocimiento de que la hora del Marruecos independiente había sonado cuando ella se decidió a no emprender una guerra mundial por ello”.

Es interesante y oportuna esta cita del periodista alemán. Ya sabíamos que Alemania salió de Algeciras descontenta, como quedaron defraudadas las demás naciones. Y España, con su voto previamente comprometido en todas las cuestiones, tuvo encima que pagar las costas. Y Delcassé perdió su cartera.

En Algeciras, fracasados todos los propósitos y descubierto el juego de cada uno, se buscó la solución en una tregua. Fue como un armisticio diplomático. Pero hubo que justificar el tiempo perdido y llenar de fórmulas convencionales un documento que lo acreditara. Y se le llamó, por llamarle algo, el Acta de Algeciras. La vieja diplomacia no sabía hacerlo de otro modo.

Revisemos, muy someramente siquiera, los acuerdos de la Conferencia histórica, que se consignan en siete capítulos y un protocolo adicional.

Veamos:

“Capítulo I. Declaración relativa a la organización de la Policía”.

Si la Policía no sirvió a España para nada, al menos constituyó un motivo de orgullo para los organizadores. Los cuarteles tan bonitos, los soldados tan vistosamente uniformados, los armamentos tan brillantes…

“Capítulo II. Reglamento organizando la vigilancia y represión del contrabando de armas”.

El contrabando de armas en Marruecos siguió siendo, como antes, como siempre, un gran negocio de empresas poderosas. Muchas veces, de agentes de las mismas naciones signatarias…

Pasemos otra hoja:

“Capítulo III. Acta de concesión de un Banco de Estado.”

Nada para España. Un organismo francés y un negocio de Francia. Y una exclusiva para la emisión de billetes…

“Capítulo IV. Declaración relativa al mejor rendimiento de los impuestos y la creación de nuevos impuestos.”

Nada. Socaliñas, funcionarismo…

“Capítulo V. Régimen de las Aduanas del Imperio y represión del fraude y contrabando.”

Nada. Arte de asegurar el cobro de los empréstitos…

“Capítulo VI. Declaraciones relativas a los Servicios y a los Trabajos Públicos.”

Pasemos pronto esta hoja.

“Capítulo VII. Disposiciones generales.”

Formulismo diplomático, meros trámites de la burocracia.

Y el “Protocolo adicional”.

Porque los plenipotenciarios moros declararon “que no estaban en disposición, por el momento, de poner sus firmas, por no permitirles la distancia obtener en breve plazo la respuesta de S. M. Xerifiana relativa a los puntos sobre los cuales creyeron deber consultarle…”

Es decir, que para los plenipotenciarios marroquíes ni había concluido aún la Conferencia ni estaban aclarados todos los puntos que consignaba el Acta… Y se negaron a firmar.

Fue preciso adicionar un protocolo para encargar al decano del Cuerpo diplomático en Tánger que hiciera en Fez las diligencias necesarias hasta conseguir del Sultán la ratificación íntegra, con su firma y sus sellos.

Esto es el Acta de Algeciras.

Todo inventado allí mismo por los improvisadores al tiempo que discutían. Sabiendo que discutían en balde.

Y Alemania, ¿qué puso, además de su firma?

Alemania hizo que se redactasen tres renglones en el preámbulo. Tres renglones nada más. Pero que bastaban para que nadie allí se atreviese ya a recortar en su provecho el mapa de Marruecos. Y, por eso, se habló en Algeciras de todo menos del mapa de Marruecos.

Alemania dictó y los demás copiaron al pie de la letra:

“…todas las reformas han de ser basadas en el triple principio de la soberanía e independencia de Su Majestad el Sultán, la integridad de sus Estados y la libertad económica, sin ninguna desigualdad…”

Pero, mientras los demás perdían el tiempo en discusiones vagas de cosas inútiles, ya estaban de acuerdo Inglaterra y Francia en que este triple principio se amoldase después a la transigencia de una fórmula cualquiera de protectorado…



El contrabando de armas en Marruecos siguió siendo, como antes, como siempre, un gran negocio de empresas poderosas. Muchas veces, de agentes de las mismas naciones signatarias…
http://www.lamedina.org/historia/acta%20algeciras.htm


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