HISTOIRE DES JUIFS DU MAROC PAR SOLY ANIDJAR

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 GÁLVEZ, PRECURSOR DEL ENTENDIMIENTO HISPANO-MARROQUÍ

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Soly Anidjar
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MessageSujet: GÁLVEZ, PRECURSOR DEL ENTENDIMIENTO HISPANO-MARROQUÍ   Dim 14 Mar 2010 - 9:24

GÁLVEZ, PRECURSOR DEL ENTENDIMIENTO HISPANO-MARROQUÍ

Por Mohamed Ibn Azzuz Hakim

Extraña, excepcional y a todas luces sin igual es la naturaleza de estos dos pueblos, de estas dos naciones, de estas dos razas que se llaman España y Marruecos, que constituyen casi una sola raza, una sola nación, un solo pueblo; pero que a la vez parecen ser dos razas antagonistas, dos naciones distintas, dos pueblos diferentes. La historia de sus relaciones a través de los tiempos es de las más fascinantes que la Humanidad ha podido elaborar.

En efecto, condenados a vivir juntos por los imperativos que la geofísica del Estrecho de Gibraltar les ha impuesto; obligados a convivir dentro de un mismo área geopolítico que es propio; forzados a ser vecinos porque sus costas, más que separadas, están unidas por el angosto canal al que Tariq dio su nombre para sellar por la eternidad su unión; llamados a ser además de vecinos, porque sus naturalezas así lo exigen; vinculados por indisolubles lazos de fraternidad, de hermandad, por correr por sus venas la misma sangre; necesitados, en fin, de un entendimiento que exigen esa geofísica, esa geopolítica, esa vecindad, esa amistad y esa fraternidad...

España y Marruecos han vivido, yo diría que algunos de sus dirigentes han querido que vivan, en un clima de tirantez, de violencia, de ataques y contraataques, de saqueos e incendios, de raptos y cautiverios, de lágrimas y dolor, de guerra, en fin, ya sea “Cruzada santa” o “Yihad al-muqaddas”, cuyo principal móvil era el querer ostentar la hegemonía en el Estrecho, en el Mediterráneo Occidental y en el Atlántico Oriental, ya sea por medio de la piratería y el corso, ya por la implantación de cabezas de puente en la orilla del vecino de enfrente; era también el afán de querer que la religión de uno se imponga a la del otro, porque cada cual se creía en posesión de la única Verdad.

Pero todo esto se deriva del hecho de que los dos eran pueblos grandes, de esos que hacen la Historia, y sus razas son vigorosas y como amantes de las armas, de la lucha, de la guerra.

Y lo más curioso del caso es que, en medio de ese ambiente de guerra, aun en sus momentos más candentes, los monarcas marroquíes y españoles continuaban entreteniendo relaciones propias de reyes y amigos. Los ejemplos no sólo no escasean, sino que son abundantísimos, y en prueba de ello voy a referirme sólo a algunos de los más próximos a nosotros en el tiempo.

Mulay Abd al-Malik de la dinastía Saadí, en vencedor de la batallas de “los tres reyes”, estando en estado de guerra con Felipe II, mantenía con él, a través de su secretario el franciscano español Padre Sandoval, correspondencia secreta relativa a la conclusión de una alianza hispano-marroquí contra el Turco a veces, y contra Inglaterra otras.

Su sucesor Mulay Ahmad al-Mansur, aun estando en guerra con el mismo monarca español, prefirió regalarle a él el cadáver del Rey Don Sebastián, muerto en la batalla del Majazín, a través de su rescate mediante una fuerte suma de dinero con el nuevo monarca lusitano. Y en correspondencia, Felipe II regala al Sultán con la restitución de la plaza de Arcila.

En la época Alauita, Mulay Ismail, a pesar de haberle declarado la guerra a España como consecuencia de la ocupación del peñón de Alhucemas, y no obstante tener sitiadas las plazas de Ceuta y Melilla, y haber recuperado por las armas las de la Maamora y Larache, envía a España, en plena guerra, al primer embajador marroquí en la Corte española: Al-Gassani; correspondiéndole Carlos II con el envío de la embajada que presidía el padre Diego de los Ángeles, que llega a Mequinez cuando los tiros alrededor de Ceuta sonaban tan alto que se oían en la otra orilla.

A pesar de ello, a la reina consorte española se le ocurrió mandarle a la esposa de Mulay Ismail unos juguetes para sus hijos; y Lal-la Jenata le correspondía enviándole, como regalo, a las hijas de los cautivos españoles nacidas durante el cautiverio de sus padres que preferían separarse de ellas enviándolas cerca de sus parientes en España a que conocieran los horrores del cautiverio.

Sidi Mohammad ben Abd Al-lah cuando se decidió a reconquistar Melilla, no observó con Carlos III la misma actitud que con el monarca portugués cuando sitió, sin previo aviso, la plaza de Mazagán, reconquistándola. No: tres meses antes de iniciar el sitio de Melilla, avisó al monarca español, e incluso le pidió que le facilitara barcos españoles para transportar por mar el material bélico pesado que le era difícil llevar por tierra.

Carlos III le declaró la guerra, pero cuando el sitio de Melilla estaba en su apogeo, le envió por dos veces casi un millar de cautivos musulmanes como regalo.

Cuando Carlos III decidió recuperar el Peñón de Gibraltar, Marruecos y España estaban en guerra, y sin embargo Sidi Mohammad ben Abd Al-lah, no sólo le ayudó facilitándole toda clase de mantenimientos, sino que con objeto de manifestar públicamente su deseo de que el Peñón fuera restituido a su verdadero dueño, rompió sus relaciones con Inglaterra y expulsó de Marruecos al Cónsul General y a toda la colonia inglesa. Más aún: el Sultán rechaza la alianza que le propusiera Inglaterra en el sentido de que, a cambio de la ayuda marroquí al Peñón, Marruecos recibiría la ayuda inglesa para sitiar Ceuta.

Pero Sidi Mohammad ben Abd Al-lah va más lejos, y en el tratado que restableció oficialmente las relaciones hispano-marroquíes, rotas desde hacía seis años, el Sultán reconoció que el Peñón de Gibraltar era español y que la presencia inglesa en él era una simple usurpación.

Su hijo Mulay Al-Yazid declaró la guerra a España porque Carlos IV se negó a devolverle los presidios y cuando tenía sitiada la plaza de Ceuta, se le ocurrió enviar a reparar a Cádiz algunos de sus barcos de guerra y pedir del Rey español una larga lista de pertrechos de guerra que necesitaba para proseguir el sitio.

¿Y qué hizo Carlos IV?. No le mandó más que el material que no pudiera ser utilizado en el sitio; permitió que los barcos marroquíes fueran reparados en Cádiz y además le regaló al Sultán “enemigo” un barco de guerra “de los buenos”.

Creo que es innecesario seguir relatando hechos análogos que se cuentan por centenares y que raras veces han podido suceder en la historia de las relaciones de otros pueblos. Lo creo innecesario por la razón de que, como he dicho al principio, han sido los dirigentes de la política hispano-marroquí los que han querido que los dos pueblos, por las causas ya apuntadas, vivieran en un clima de tirantez y violencia y quiero ahora demostrar que, en medio de esa guerra casi continua, por no decir permanente, las relaciones de convivencia, de contacto, de amistad, de sincero deseo de que hubiera paz y concordia a escala de pueblo a pueblo; esas relaciones, digo, no cesaron nunca aun en los momentos más candentes, más tensos, de más intransigencia, ni siquiera en los de insuperables dificultades.

En efecto, jamás faltaron casos en que el hombre español o el hombre marroquí tuviera la valentía de reaccionar contra la política de sus propios dirigentes y tratara de hallarle solución al problema o al conflicto en curso.

A uno de esos casos voy a referirme seguidamente:

Fracasado el sitio puesto por Sidi Mohammad a Melilla de 1774 a 1775, a Marruecos no le interesaba continuar estando en guerra con España a causa de la posición anti-marroquí adoptada por los argelinos, con los cuales una conflagración parecía ser inminente. Otro tanto le pasaba a España ante la situación que se hacía insostenible en Europa, habida cuenta de que España entonces era la potencia más importante de todo el Mediterráneo y uno de los tres Estados que se disputaban la hegemonía del Atlántico.

Pero ninguno de los reyes que entonces regían los destinos de Marruecos y España quería ser el primero en dar el primer paso hacia la reanudación de las relaciones de paz y amistad. Tanto Carlos III como Sidi Mohammad consideraban indigno de su persona e indecoroso para su corona el hacerlo.

Ahora bien; Carlos III tuvo al menos la posibilidad de tantear secretamente el terreno porque podía valerse de uno de los padres franciscanos que en el hospicio de Mequinez atendían a los cautivos cristianos. Y eligió como guardián del mismo al padre Fray José de Boltas, encomendándole la misión de iniciar secretamente las gestiones oficiosas que restableciesen una amistad sólida y duradera entre España y Marruecos.

Vino el reverendo padre a Mequinez en abril de 1777 y su misión principal consistió en conseguir que fuera el Sultán quien escribiera primero una carta afectuosa al monarca hispano.

Duraban ya seis meses las gestiones de Fray José Boltas sin que Sidi Mohammad se aviniera a escribir la carta deseada por Carlos III; es entonces cuando surge por sí solo, sin que se lo dijera nadie, un hombre de buena voluntad, un español que por su cuenta y riesgo (nunca mejor empleada la frase) va a influir en el cambio brusco e inopinado del Sultán.

Se trataba del capitán de una saetía catalana que en su viaje a Cuba tuvo la feliz idea de atracar en el puerto de Salé. Se llamaba Don Antonio de Gálvez. Y era hermano del famosísimo Don José Gálvez, a la sazón ministro de Indias y gobernador-presidente del Alto Tribunal. Nuestro hombre era además pariente de Don Matías de Gálvez, Gobernador de las Islas Canarias.

Por las gestiones, que nuestro amigo del entendimiento hispano-marroquí realizó, se podría creer que lo hacía por encargo secreto del gobierno español, de su hermano o de su pariente; pero la documentación por mí manejada en el Archivo Histórico Nacional descarta en absoluto este supuesto, ya que por ella se ve claramente que los primeros sorprendidos fueron el Gobierno español, el ministro de Indias, el gobernador de las Canarias y el propio agente secreto de Carlos III en la corte marroquí, el Rvdo. P. Fray José de Boltas.

Lo primero que hizo don Antonio al llegar a Salé fue escribir desde allí al Sultán el día 29 de noviembre de 1777 una carta en la que le decía, en síntesis:

“Ya que he tenido la dicha de venir a los dominios de V. M., dándome su real permiso, pasaré en persona a besarle sus reales pies y tomar su venia para, si fuese servido que conduzca real pliego al Rey mi señor, que Dios Guarda, en que con el auxilio de mi hermano el ministro se trate de la buena paz y concordia que tanto se desea por todos los vasallos de ambas coronas, lo haré sin faltar a todo cuanto V. R. M. se digne mandarme”.

El Sultán le contestó invitándole a presentarse en la Corte, a la que llegó Gálvez el 13 de diciembre. Al día siguiente, el P. Boltas, alarmado de la gestión de nuestro hombre escribe al ministro Floridablanca, diciéndole:

“Nunca creí que este caballero se resolviese a abandonar su viaje a Cuba, sin tener para ello órdenes de nuestra Corte. Pero me engañé puesto que se puso en marcha para esta Corte de Mequinez a donde llegó el día 13”.

El 19 lo recibe el Sultán en compañía del P. Boltas, quien en su informe a Floridablanca del día 28 describe del siguiente modo el desarrollo de la audiencia:

“Nos presentamos ante el Rey y Don Antonio Gálvez comenzó su discurso con bizarría de espíritu...

“El Rey oyó con signos de mucho gusto y ofreció dar a dicho caballero una carta para nuestro soberano y despacharlo en términos que se acreditase para con Su Majestad Católica de fiel y celoso vasallo”.

“Después de esto mandó que nos llevasen dentro de uno de sus palacios para darnos audiencia privada, como lo hizo, en la cual expresó el gran cariño que siempre conservaba a nuestro católico monarca sobre todos los de Europa; dio a entender la inquietud y las cartas que le escribían los ingleses para discordarlo con S. M. C.; y finalmente estuvo tan humano que creo que ningún embajador ha tenido aquí jamás tal sesión como la que este día tuvo con nosotros”.

El gesto de Don Antonio de Gálvez fue suficiente para que Sidi Mohammad se decidiera a ser el primero en escribir la carta que esperaba Carlos III, que es del primero de Hiya de 1191 correspondiente al 31 de diciembre de 1777.

Dos meses después el P. Boltas informaba al Sultán de que el Rey de España tenía el propósito de enviarle un emisario con el fin de concretar las bases del restablecimiento de la paz en 1774. Pero la sublevación del príncipe Mulay Al-Yazid contra su padre, por un lado, y la injerencia inglesa, que no veía más que inconvenientes en una aproximación hispano-marroquí, hicieron que el enviado de Carlos III no llegara a Marruecos hasta febrero de 1779.

Se llamaba Pedro de Umbert y de su entrevista con el Sultán informó a Floridablanca en carta de 18 del mismo mes y año diciéndole:

“Hice presente a S. M. I. Que Dios guarde, y quedo muy contento de su contexto y me respondió que no tardará mucho en dar sus reales disposiciones de apuntar uno de sus vasallos para que vaya a la Corte de España”.

El 26 de abril del mismo año escribía el Padre Boltas al ministro español diciéndole que el Sultán había designado por embajador suyo cerca de Carlos III a su ministro Mohammad Ibn Otman, quien el 16 de diciembre llegaba a tierra española y el 30 de mayo de 1780 firmaba en Aranjuez el tratado de paz, amistad y comercio que puso fin a la guerra; restableciéndose las relaciones entre España y Marruecos. Por él reconoció Sidi Mohammad que el Peñón de Gibraltar es plaza española, como ya hemos dicho antes.

Y por último, como el Sultán pidiera del monarca español que Don Antonio Gálvez fuera recompensado por el servicio prestado a la paz y a la concordia entre Marruecos y España, el día 29 de abril de 1781 decía Carlos III al “más alabado y honrado Rey entre los moros, a quien Dios guarde y conceda la prosperidad que más conviene, Sidi Mohammad ben Abd Al-lah”, entre otras cosas que:

“Deseando complaceros en cuanto depende de nuestro arbitrio, hemos ordenado nos hagan de nuevo presentes todos los servicios y méritos de Don Antonio de Gálvez, para que este oficial experimente el efecto de Vuestra Poderosa recomendación”.

Este es el caso Gálvez expuesto en líneas generales. Como él existen muchos otros que podemos calificar de “marroquifilia”; casos similares de parte marroquí tampoco escasean: uno de ellos fue Ibn Utman; otro el príncipe Mulay Abbás de la guerra del 60, por no citar más que los casos de “hispanofilia”. El Rey Mulay Abbás hizo de él el único príncipe que condujo una embajada marroquí al extranjero, y fue a España en 1861; el de Ibn Utman hizo que fuera el único embajador que estuvo asilado político en el extranjero, también en España en 1891.

Y es que realmente lo nuestro no podía ser de otro modo. Durante siglos hemos constituido política, histórica y étnicamente un solo pueblo; cuando uno de nosotros estuvo bajo la dominación extranjera, el otro no escapó a esa misma dominación; cuando uno se sintió fuerte en una orilla pasó a la de enfrente, obedeciendo a una ley natural impuesta por la geopolítica y la estrechez (valga la frase) del Estrecho de Gibraltar; pero llegó un momento en que cada uno adquirió su propia personalidad.

En toda esta historia larga y tendida de nuestras relaciones ha habido una constante, que es la interferencia, o si se quiere, la influencia de un pueblo en la vida del otro.

Relacionar aquí, siquiera someramente, cuál ha sido la constante marroquí en la vida española, sería una pretensión por mi parte, porque el tema lo han tratado otros más calificados.

Por eso me limitaré a señalar unos botones de muestra de la constante española en la vida marroquí; porque para algunos, puede que haya pasado desapercibida.

- En varias ciudades marroquíes, como Tetuán, Chauen, Rabat, Salé y Fez, viven aún hoy muchísimas familias que ostentan con orgullo apellido español.

Hay ciudades que, como Tetuán y Chauen, y el barrio de los Andaluces de Fez, fueron fundados por musulmanes españoles.

- La influencia del idioma español en el habla marroquí es algo que salta a la vista, tanto que los marroquíes no sabríamos distinguir entre las distintas especies de peces si no conociéramos sus nombres en español.

- Ese mismo idioma español fue durante siglos el segundo utilizado oficialmente en la Cancillería marroquí y consecuencia de ello es el vocabulario de origen español que se ha utilizado en dicha Cancillería en árabe hasta la implantación del Protectorado.

- El único idioma extranjero que llegaron a dominar algunos sultanes marroquíes fue el español.

- El número de embajadas intercambiadas entre España y Marruecos superaba el de todas las demás intercambiadas por Marruecos con el resto del mundo.

- La primera y única embajada enviada por Marruecos a la Santa Sede fue por indicación y ayuda de España.

- Los únicos intérpretes y secretarios de relaciones exteriores extranjeros que tuvieron los sultanes marroquíes fueron españoles.

- Los únicos extranjeros utilizados como embajadores por los sultanes de Marruecos fueron también españoles.

- Cuando algún Sultán marroquí se vio derrocado o amenazado por una revolución, acudió en petición de ayuda a España, fue a refugiarse en territorio español y no a Argelia, por ejemplo.

- La única vez que la corona española estuvo en prenda en el extranjero lo fue en Marruecos.

- Las dos únicas conferencias internacionales sobre Marruecos tuvieron lugar en territorio español en 1880 y 1906.

- Los primeros tratados que firmó Marruecos con los EEUU. de América, Malta y Nápoles, lo fueron por mediación de España.

- Cuando a un Sultán de Marruecos se le ocurrió indagar sobre el paradero de la carta de Mahoma a Heráclito fue en busca suya a España, y no a otra parte.

- La primera moneda marroquí acuñada en el extranjero lo fue en España.

- Las únicas milicias cristianas que estuvieron al servicio de los sultanes marroquíes fueron españolas.

- Las primeras armas modernas que tuvo Marruecos las recibió, y con ellas a los instructores, de España.

- El primer jefe extranjero de la artillería marroquí fue un español: Joaquín Gatell, que se llamó Caid Ismail.

- La primera marcha real marroquí fue española.

- Las primeras manifestaciones de la civilización moderna en Marruecos fueron obra de españoles: hospitales, farmacias, teléfonos, alumbrado público, prensa, etc.

Para qué seguir si basta con que les diga que hasta hemos tenido un Sultán que era aficionado a los toros por haberse educado en su juventud en España, pero al que un día se le ocurrió probar si podía torear a las vacas y el primer ensayo acabó con su vida.

Por todo esto, yo creo que cuando tengamos que hablar como españoles y marroquíes que somos, de España y Marruecos o de Marruecos y España, no debemos referirnos a los hechos presentes ni a los acontecimientos inmediatos que están en la mente de todos, sino que debemos contemplar la historia toda de nuestras relaciones. Desde siempre. Desde que fuimos amigos.

Sólo con un profundo conocimiento de esa historia podremos comprender que, queramos o no, nosotros o algunos de nosotros, y pese a aquellos de nuestros enemigos comunes que quieran, España y Marruecos, marroquíes y españoles, estamos llamados a emprender empresas conjuntas, a ser lo que hemos sido siempre: dos grandes pueblos capaces de forjar una civilización y elaborar una cultura que enseñamos a los demás.

Por encima de todo cuanto pueda separarnos aparentemente, y a pesar de las dificultades momentáneas que pueden interponerse en nuestro camino. Porque la historia, y los hechos, demuestran sin equívoco alguno que siempre hemos sido capaces de afrontar y superar todas nuestras dificultades; de resolver todas nuestras diferencias, no ya en tiempo de paz y tranquilidad, sino incluso en épocas de guerra.

Yo sé que la tarea que tenemos delante es ardua y difícil a causa del trauma que sufren hoy nuestros pueblos, y no sólo por efecto de la herencia, sino porque todavía viven entre nosotros algunos que tienen interés en avivar esos sentimientos anti-españoles o anti-marroquíes, a un lado y otro del Estrecho.

La obra que realizaron esos pescadores en río revuelto es grande, en la peor expresión que la palabra grande tiene, porque está respaldada con dinero que no es ni español ni marroquí.

Esos pescadores, en España, se aprovechan de la credulidad de la gente sencilla para hablarles de la guerra de África, de la guerra de Melilla, de la guerra del Kert, de la resistencia del Raisuni y de Abdelkrim; de que Marruecos sirvió de plataforma para la guerra civil española; de la participación de los marroquíes en esa guerra, etc. etc.

Esos pescadores, en Marruecos, no cesan de recordar al vulgo el paraíso perdido de Al-Andalus; las mezquitas convertidas en iglesias, la quema de los libros árabes, la expulsión de los musulmanes de España, las guerras sostenidas por los españoles sobre territorio marroquí; los marroquíes que fueron llevados a morir por un ideal que no era el suyo, etc. etc.

Es hora de que desaparezca de la mente del español la idea del “moro” y del “África” como sinónimos de barbarie, de cruzada, de guerra, de muerte, de violencia, de infieles enemigos de la Santa Fe; es necesario que desaparezca de una vez eso de “Santiago matamoros”; es necesario que los españoles dejen de creer que de Marruecos nada bueno puede venirles, nada tiene que ofrecerles, porque no es más que un país atrasado, habitado por un pueblo semisalvaje.

Es hora de que desaparezca de la mente del marroquí la idea del “nasarani cafer” y de “Al_andalus paraíso perdido”, como sinónimos del “Yihad” o de “enemigos de Dios y del Profeta”; como también es necesario que los marroquíes dejen de tener la falsa idea de que España, como gran potencia, como nación, como pueblo, no tiene nada bueno ni beneficioso para los marroquíes.

http://www.lamedina.org/historia/Galvez%20precursor.htm


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